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viernes, 22 de enero de 2016

Antonio Nazzaro - Tres Poemas

 Antonio Nazzaro by ©Mariana de Marchi

Antonio  Nazzzaro  nació   en  Turín,  en  1963.    Es  periodista,  poeta  y  gestor  cultural. Colabora  con publicaciones de  su  país  y  con  medios internacionales.
En la actualidad reside en Caracas. Fue coordinador didáctico del Instituto Italiano de Cultura, asesor cultural del Agregado cultural de la Embajada de Italia en Venezuela y jefe de redacción de “La Voce d’italia””. Desde 2008 es coordinador del Centro Cultural Tina modotti  con el fin de promover la cultura italiana y venezolana a través de distintas formas de intercambio cultural.
Publicó en  poesía Olor a…Turín-Caracas sin retorno -Ediciónn en Italiano  y español, Edizioni Arcoiris, Salerno, 2013.

La prosa poética de Antonio Nazzaro construye una visión de caracas desde el testimonio de quien ha venido de lejos a enunciar la realidad y al mismo tiempo sin  poder evitar formar parte de ella. En ese afán de contemplar y decodificar la ciudad que por momentos transita  y por momentos habita, intenta aproximaciones que no logran nombrar con exactitud esa geografía que es narración y misterio. Una poesía de  mirada  sensual con reminiscencias de la nouvelle vague,  donde la belleza es la  Ciudad-Niña, la Ciudad-Mujer, que es Caracas.


La niña

Que ahora tiene el paso lento del anochecer, se insinúa entre los edificios, el tranvía se hace negro en el rojo del cielo que se deja penetrar alargando aún más sus rayos. Turín la ha visto niña con los dedos hinchados por el coser a destajo; ritmo de una ciudad que nunca ha tenido una humanidad sin  autobús de periferia. Flaca con el cabello rojo brinca por la calle, en la lonchera una pistola que  entregar a la revuelta mientras la ciudad tiene ritmo de marcha. El domingo era la escuela; la semana el trabajo. Los autos parecían una maravilla que se estrellaba contra las bombas que caían de un  cielo tan bajo, que de un golpe la hace adulta.

Caracas prepara un café con leche tibia y sin espuma. El Ávila retiene las corrientes de los vientos.

Que son manos de joven costurera a coser días ritmados por tranvías de horarios fijos. Son trajes  hechos en casa y salón de baile de rock‘n’roll con acento piamontés. Son ojos verdes sobre un cuerpo flaco que parece le cueste olvidar la guerra. Las casas de vecindad se enrollan bajo un correteo que no esconde el brincar. Los italianos que no saben hablar, llegan en trenes que sudan y la ciudad tiene paso obrero. Qué joven esposa descubre un mundo a través del objetivo de un hombre que fotografía la ciudad, y sonríe en el inevitable encuentro en un tranvía experto en amores de periferia.

Caracas baila el vals de las quinceañeras, esposas prematuras y mujeres adultas. El Ávila regala el canto del retorno de los pájaros.

La butaca

La calle es tan larga que sólo ve dos metros, la pared devuelve la mirada sentada sobre una butaca incómoda. Se ve en pasos matutinos de faroles aún encendidos y tranvías lentos como la niebla agarrada a las piernas. Son silencios de autos y chirridos de hojas que lanzan el invierno, la humedad  dibuja las ventanas, gotas se hacen Metro temblorosas al pasar entre noche y día. Al limitar entre acera y calle, las alcantarillas cantan oscuras canciones. Sonrisa de quien se toma el pelo y piensa:  debería haber estudiado inglés. Se aleja ella casi desapareciendo en el blanco, la pared muestra  manchas de humedad.

Caracas es aire inmóvil azotado por la lluvia que se hace tibia. El Ávila levanta el cuello verde.

La butaca es banco de un jardín de manojos de hierba que rompen el asfalto, vibraciones de tranvía y  autobús mueven los columpios que roban el cielo entre los palacios, sólo por un instante. El lugar vacío del banco lo observa un momento, después se gira distraído, un trozo de papel pasa ligero  evitando las papeleras de bocas abiertas de par en par. Parece dibujarse ella como el terminar de una subida pero la parada del tranvía se opone. El banco encoge la mirada y sujeta las caderas pero no es un abrazo. Piensa: un rostro de banco pero no aparece nadie.

Caracas son vapores de calles tendidas al sol a secarse. El Ávila se seca con vientos de mar y se viste de arcoíris.

Danzantes

Tienen caderas danzantes de un pueblo que no tiene tierra, como trenes que no distinguen la llegada de la partida. Tienen dulzuras infinitas cerradas por fronteras, hierba asaltada por el asfalto que cede camino a la calle. Tienen sólo zapatos y un paso que sostiene el cielo y un vagido. Son ojos que miran lejos, el horizonte está escandido por las horas y se necesitan años para llegar a mañana. Tienen la  sonrisa que quita peso al mundo, pero es el engaño de un instante mordido por una metropolitana que no tiene piedad. La chica sirve un café y una sonrisa profesional, la cucharita lo sorprende espiar el  paso veloz de tacones siempre demasiado altos.

Caracas camina segura entre la gente en cada esquina; es una raza nueva en cada calle. El Ávila muestra colores inesperados.

Tienen ojos traicionados por el amor y hombres que parecen siempre de paso, como transeúntes atraviesan la calle casi, sin mirar. Dobladas bajo golpes que de amor no tienen el sabor, pero desde siempre reciben una bendición. El campanillear del tranvía asegura a quien espera. Tienen la fuerza de cuerpos de paso lento y, doblada la esquina, tienen pies ligeros que dibujan asfalto y cielo en el agarrar el minibús que pasa. El café salta fuera de la tacita demasiado blanca, las gotas dibujan un  encuentro. La chica de la sonrisa profesional tiene un paso que rebota.

Caracas se refleja en el cielo y mueve el cabello inevitablemente negro. El Ávila celosa se coloca el  pecho.

Tienen mirada fija entre un presente que recuerda un tranvía vacío y un pasado que no tiene adolescencia, robada por una pobreza que hace de los cuerpos riqueza, y la mirada se cierra a buscar una casa siempre demasiado lejana. Se mueven ligeras no por antiguos vínculos, sino por no despertar aquel mundo precario que oscila sobre sus caderas; son silencios nocturnos y rosario de  autos para desanudar. Tienen manos que amasan la mañana y una sonrisa de café quizá amargo,quizá dulce. Sonríe: se necesita tiempo para aprender a dosificar el azúcar de caña. La señorita de la sonrisa profesional controla las mesitas, ausente.


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