Cuento - Convocatorias - Crítica Literaira - Difusión - Novela - Poesía - Reportajes - Periodismo Cultural - Cuento - Convocatorias - Crítica Literaria

jueves, 14 de abril de 2011

El Grupo Editorial La Hoguera presenta "Unidad Variable - Antología de la poesía boliviano-argentina"


          El Grupo Editorial La Hoguera es una empresa editorial boliviana que produce, comercializa y distribuye libros literarios y didácticos de alta calidad para contribuir eficazmente al desarrollo del sistema educativo y expandir el nivel cultural de las presentes y futuras generaciones dentro de las exigencias de una sociedad globalizada y los desafíos históricos del siglo XXI.

          El Grupo Editorial La hoguera, el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Casa de la Lectura de Buenos Aires, invitan a la presentación de "Unidad variable. Bolivia - Argentina. Poesía actual", selección y recopilación: Laura R. Martínez. Prólogos a cargo de Rodolfo Ortíz y Marimé Arancet Ruda.

          La cita es el Sábado 23 de abril a las 21:00 Hs en la 37º Feria Internacional del LIbro de Buenos Aires, Sala Domingo Faustino Sarmiento.

          Autores antologados:

         Joaquín Giannuzzi, Héctor Borda, Pedro Shimose, Jesús Urzagasti, Hugo Mujica, Santiago Sylvester, Matilde Casazola, Eduardo Mitre, Paulina Vinderman, Daniel Freidemberg, Nicomedes Suárez, Diana Bellessi, Jorge Paolantonio, Javier Adúriz, Jorge Aulicino, Humberto Quino Márquez, Mirta Rosenberg, Juan Carlos Orihuela, Jorge Campero, María Teresa Andruetto, Gary Daher, Cé Mendizábal, Dolores Etchecopar, Marcia Mogro, Susana Villalba, Juan Cristóbal Mac Lean, Susana Cella, Vilma Tapia, Juan Carlos Ramiro Quiroga, Fabián Casas, Marcelo Villena, Paula Jiménez, Enrique Solinas, Andi Nachón, Benjamín Chávez, Mónica Velásquez, Santiago Llach, Gabriel Chávez, Paura Rodríguez, Romina Freschi.

          Quedan todos invitados a festejar con nosotros este nuevo libro.

sábado, 12 de febrero de 2011

Irma Verolín - Ficción y Autorreferencialidad

     La literatura de Irma Verolín camina por el filo preciso de un cuchillo que separa la realidad de la ficción. Por esté motivo, podemos afirmar que se trata de una literatura autorreferencial, con los procesos de ficcionalización necesarios para presentarnos sus creaciones como pequeñas confesiones dichas en voz baja. El uso de la primera persona -frecuente en su universo literario- convence al lector para pactar con la magia de la historia narrada, y lo instala en el centro de los acontecimientos.
    
     Con una escritura bella, poética, reflexiva y fresca, Irma Verolín construye un mundo de aciertos y frustraciones, rico en humor y memoria de la buena, para que cada cuento narrado sea un viaje hacia el país de la imaginación,  a través de la excelencia literaria.

Enrique Solinas


La escalera del patio gris

    Vivíamos todos en una casi tenía un patio tan grande, tan pero tan grande que casi podría decirse que vivíamos en aquel patio. Era un patio de paredes altas y pisos grises con incrustaciones blancas y negras, bordeado de macetas despintadas por la lluvia y la mala voluntad. Nuestro pequeño mundo se extendía entre la puerta cancel y la cocina, entre el baño minúsculo y la escalera de pórtland. No éramos felices. Y la verdad es que eso no tenía demasiada importancia. Para nosotros la felicidad era un agregado que podía estar o no estar en la vida de la gente, no su esencia o su columna vertebral, ese esqueleto hecho de espuma y cenizas. Sin embargo, nuestra infelicidad no obstaculizaba el ir y venir de las ocupaciones, el ritmo de nuestra respiración ni el horario de las comidas. Por otra parte hablábamos lo justo y necesario. El sol se trasladaba por el cielo con esa pulcritud que sumaba una gota de confianza a la costumbre de dejarse llevar por lo que acontece, por la historia anterior de abuelos, bisabuelos y vecinos. Así que yo veía al sol trasladarse, lento, llameante, y ni siquiera podía imaginarme que en realidad era nuestro patio con sus paredes altas y sus grises baldosas el que se movía haciendo que, de pronto,  el copete del sol absorbiera las sombras para dejarnos toda una noche a oscuras.

     Yo tenía catorce años. Creo que siempre he tenido catorce años. Y ellos eran viejos, desde siempre también y no existía en el mundo nadie más que ellos para mí. Además del gato de cola finita que mostraba un hastío especial hacia todo, al extremo de que parecía andar diciendo con su silencio que la vida le importaba un bledo. Yo amaba a aquel gato. Al gato y a la escalera de pórtland. Y soñaba con viajar por la escalera, peldaño a peldaño para llegar hasta el haz de luz rectangular que quedaba allá, en el fondo, un rectángulo perfecto que me comía los ojos.

     El patio, solamente el patio nos pertenecía, era nuestro sitio en un mundo que estaba lejos, lejísimos. Es muy probable que eso fuera lo que nos mantenía unidos, vaya a saber para qué. Lo cierto es que respirando el aire del patio yo imaginaba que al subir la escalera empezaba otro lugar que no era el mundo, que no era el patio. De modo que subir aquella escalera significaba emprender un viaje muy largo, para el que quizá  yo no estuviese preparada.

     Mi abuela decía que los viajes eran peligrosos, al tiempo que masticaba la papilla con zapallo haciendo muecas de asco y, por supuesto, sacando a relucir ampulosamente antiguos recuerdos: el tranvía, sus mareos, el peligro de matar un perro vagabundo, esas cosas terribles que, según ella, solían suceder durante los viajes. Mi abuela había viajado mucho en tranvía y se enorgullecía de ello. Mi abuelo, en cambio, prefería no hablar del tema, que se había convertido en algo parecido a un tabú; el simple hecho de mencionarlo le ponía la carne de gallina. Mi tía aseguraba haber viajado hasta el hartazgo; con esas exactas palabras lo decía y, según mi modesto entendimiento, el hartazgo había acabado con su paciencia y casi con su persona enteramente. Cuando se refería al asunto adoptaba un gesto temerario, ponía los ojos en blanco y revoleaba por el aire el tenedor hasta hacerlo girar infinitas veces, como si imitase el girar de la tierra sobre su propio eje, alrededor del sol y acaso expandiéndose con el Universo hacia la nada oscura donde inagotablemente el Universo se expande.

     Mi hermana gemela no decía ni mu, Ninguna cosa podía decir porque ella, igual que yo, conocía únicamente aquel patio de altas paredes y macetas descoloridas. Sin embargo mi hermana no tenía ningún plan, ningún deseo secreto como yo. Ella no miraba la escalera de pórtland. Ella no miraba absolutamente nada, ella simplemente se dejaba  estar. Y así pasaban los días por el patio mientras mi escalera iba siempre hacia arriba desplegando sus igualdades y sus ocultas perfecciones. Que la escalera resbalara sin contradicción hacia lo alto para culminar en un rectángulo de luz, a mí me estremecía  de la  cabeza a los pies y me llenaba de ilusión. Pero era un secreto, porque, como ya dije, tenía catorce años y a esa edad se tienen secretos o un novio. Yo tenía secretos. Entre ellos, el mejor era el de viajar por esa escalera, salir del patio para no volverlo a ver nunca, para hacerlo desaparecer y con él a la familia en pleno. Imaginaba que del otro lado de la placa rectangular de luz existía lo inconcebible. Naturalmente, por tratarse de un secreto, no lo comenté con nadie, sólo dejé escapar la palabra “viaje”, así, muy al pasar, con bastante desgano. Enseguida sentí que la palabra al ser dicha en voz alta era capaz de desenganchar estructuras en el aire hasta desatar mis piernas obligándolas a trepar por los escalones, vertiginosamente, vertiginosamente.

     -¿Qué manía te ha agarrado a vos que estás hablando sin parar de lo mismo?- dijo mi abuela cuando juntaba la papilla amarillenta con el tenedor.

     Fue durante la cena y, desde ya, se dirigía a mí. Su tono de voz y sus ojos saltones me acusaron. Mientras miraba el plato blanco, liso y blanco que recortaba el mantel a cuadros, yo había estado hablando de Simbad, el marino, y de Gulliver. A mi abuela no le había gustado nada. En su opinión nuestro patio con las paredes altas y el cielo chato y deslucido sobre nuestras cabezas era irreprochable. Y otra vez se acordó del tranvía: un ciempiés gigante engullendo el cuerpo gordo de mi abuela. Un rato después el brazo de mi abuelo, doblado y sosteniendo el tenedor con la papilla, me causó mucha gracia.

     Ante la menor alusión a un viaje mi tía suspiraba hondo, con fastidio, sin dejar de mirar para otro lado. Por su parte el abuelo hacía crecer su desinterés como a una planta medicinal con espinas y flores. Así que no me quedó otro remedio que omitir la mención más insignificante a viajes o cosa parecida. Mientras tanto la escalera nacía ancha para mí y se enangostaba apenas al llegar a esa culminación de luz rectangular, donde mis ojos se aflojaban y entraban en el sueño. Del otro lado de la puerta cancel proliferaban  ruidos de calle y una luz diferente. No recordaba haberla traspasado; en mi memoria existía el patio, nada más, con la tía y la abuela y el abuelo yendo y viniendo bajo la lluvia o en la sequía de la siesta. Y, por supuesto, mi hermana y el gato.

     Con el correr del tiempo me crecieron la pollera y la melena y nadie preguntaba por mí del otro lado de la puerta cancel y nada era diferente a lo del día anterior y, sin embargo, algo me hacía sentir que todo era traicionado, aunque se repitiera hasta el cansancio lo que se repetía una y otra vez, porque la vida necesita calcarse a sí misma, poner espejos delante para seguir avanzando. Lo único que no variaba y daba la impresión de mantenerse en un estado de fidelidad era la escalera de pórtland, parca, interminable, lista para que mis ojos quedaran fijos en ella. Altos mis ojos hacían el viaje que mis piernas se negaban a emprender. Por lo visto mis piernas estaban hechas para caminar por el patio, tapar cada tanto la delgadísima línea que unía las baldosas y el salpicado en negros y blancos que interrumpía el gris y, a veces, la sombra de mis pies que crecía como una melena hacia atrás o hacia delante y que mis pies, mis propios pies, pisaban y pisaban hasta que los vestigios del sol se borroneaban en el cielo del patio.

     Cansada de hablar a regañadientes en los horarios de las comidas sobre los grandes viajes, una tarde tuve el coraje de arrimarme al borde del último escalón de la escalera. Y temblé. Me dio la impresión de que aquel filo grisáceo era el océano que separaba dos continentes.  Y ahí, en el borde, la luz rectangular me encegueció. Un aluvión opaco surgió desde mi estómago y me envolvió la cabeza. Caí hacia atrás. Fue un duro golpe aceptar el fracaso, el viaje no había  comenzado y yo había sido tragada una vez más por el vacío  del patio.

     Si pensaba que viajar era ir de lo conocido a lo desconocido, subir esa escalera podía ser el viaje más importante de todos. Al parecer se trataba tan sólo de una idea mía, ya que en casa nadie mostraba el menor interés por esa suma de escalones a los que tía consideraba ásperos, pura rusticidad, y a la que el resto de la gente de la casa mataba con su indiferencia. Menos mal que, en una suerte de acto solidario, el gato utilizaba la escalera para limarse las uñas. Bueno, a la escalera no, sino a su baranda construida con vaya a saber qué clase de árboles añosos que casi no se dejaban tocar. De cualquier forma el gato insistía, subía al primer escalón y se estiraba y se estiraba mostrando las uñas. Salvo mis ojos y las uñas del gato nadie había incluido a la escalera en su vida particular, como si aquella escalera no existiese y en el patio no desembocara nada, como si el patio no tuviera esa gran cola de reina, gris, áspera y presuntuosa.

     Alguna vez, entre los silbidos apagados de la siesta, al subir por aquella escalera, las polleras de mi madre se arremolinaron sobre sus piernas blancas. Pero ahora mi madre estaba en un lugar que no era el mundo ni era el patio. Y no se había vuelto a hablar de ella. Ninguno la recordaba ni mi hermana que, dos por tres y sin el menor disimulo, se dedicaba a espiarme. Yo entonces desviaba la vista o simulaba jugar con el gato. No pasaba un segundo antes de que mi abuela me retara diciendo que dejara de alborotar el aire. Al  rato estábamos todos tan quietos, tan horriblemente quietos, que la vida pasaba por el patio deslizándose sobre patines. Y pasaba. Era una ráfaga, cuando nos descuidábamos, ya se había ido.

     En muchas ocasiones me sorprendí mirando la escalera como a algo definitivamente perdido, como si fuese un mar, un espacio infinito, no un rincón del patio donde la luz se comportaba con excelencia. Por desgracia, al darme cuenta de esto, la escalera se me volvía inaccesible, dejaba de ser aquel puente entre el escenario de baldosas grises y el rectángulo de luz. Era entonces cuando creía renunciar al sencillo taconeo de escalón sobre escalón.  E inmediatamente la escalera se transformaba en una montaña empinada o, a lo mejor, en una cartulina, una superficie chata, sin profundidad, imposible de ser transitada. De modo que no tuve más escapatoria que girar sobre mis talones para darle la espalda. Podía pasarme toda la tarde dándole la espalda a la escalera, sin embargo, giraba la cabeza, me parecía verla por primera vez y, de repente, la descubría de nuevo: era un mar, era un puente larguísimo, una montaña en extremo elevada, un terreno ingrato que prometía viajes irrealizables, una travesía de sueños. Por eso evité darle la espalda. Quizá porque la atracción que sentía por la escalera más el correr del tiempo o de la vida en el patio me hicieron descuidar el resto de las cosas y de la gente, poco y nada puedo decir de mis abuelos,  de mi hermana, de mi tía y hasta del gato. O tal vez porque la imagen de la escalera empezó a crecer dentro de mí día a día, igual que los malvones en las macetas despintadas, lo cierto es que en mi recuerdo la escalera se agigantaba y se agigantaba como si estuviese viva. Solamente los rasguños del gato en la baranda me arrancaban de la memoria esa sensación de descomunal crecimiento.

     Varias noches soñé con el acto audaz y arriesgado de subirme a ella. Aunque los sueños podían comenzar de las maneras más estrafalarias, en su mayoría terminaban de la misma forma. Yo subía la escalera en monopatín o corriendo, casi flotando en el aire o montada en una escoba, despacio o apuradísima, la cuestión es que lo que sucedía después no cambiaba jamás: me precipitaba con violencia hacia abajo, caía en un abismo o desde la azotea de una torre de departamentos, caía, caía sin cesar y el patio me tragaba. No eran sueños sino pesadillas, no eran viajes sino accidentes. Desmelenada, cubierta de moretones y con los huesos rotos, amanecía en mi sueño justo en el centro de un patio con baldosas grises, el mismo patio blanco por el sol del mediodía en el que desembocaba mi escalera de verdad, la que no era subida ni bajada, la que yo sólo miraba a la distancia en el centro del gran patio de paredes muy altas, la que trazaba para mi un camino sin viaje.

     Después vino un tiempo en el que no sucedió realmente nada, mucho menos de lo que hasta entonces casi no había sucedido y, en medio de este son suceder, ocurrió que el gato con sus uñas ya afiladas continuó estirándose y estirándose por la escalera y yo, que seguía teniendo como siempre catorce años, vi el cuerpecito del gato atraído por el rectángulo de luz o por lo que fuera, ir hacia arriba, subir largo y tendido uno a uno los escalones de pórtland. “Ya está”, pensé y al decirlo me pareció mentira. Allí adelante, el gato continuaba estirándose. Yo también estiré la mano, el brazo y sin querer se me fueron los pies. Mis pies veloces me arrastraron hacia arriba, por la escalera tras el gato. Casi sin que me diera cuenta subíamos el gato y yo con un lejano aire de hipnotizados. Giré la vista hacia atrás y el patio empequeñecido fue una suma de cuadrados grises que, ante mi estupor, también podían ser mirados desde un lugar diferente. Allí estaba yo, casi pisando las patas del gato, casi atravesando el aire luminoso con forma de rectángulo. Di unos pocos pasos más, con sorpresa comprendí que me esperaba otro patio, muy grande, igual al de abajo, con las paredes altas y las baldosas grises y las macetas sin colores. Por arriba nada: la oscuridad, el borde del Universo. Sí, era un patio igual al de abajo, pero en el que no desembocaba ninguna escalera, en el que no había nada para mirar. Un patio sin gente, calcado de otro, la sombra, el fantasma de un patio real. Ya no sé cuántas vueltas di rozando las paredes filosas ni cuántos ángulos me obligaron a girar para seguir dando vueltas. La noche se veía grande, muy grande, sin luna, sólo noche: un espacio hueco donde podía proliferar mundos y estrellas, un sitio por el que los patios del mundo dejarían crecer sus tentáculos, sus filamentos, sus rústicas líneas. Pensé que el patio de abajo tenía raíces que se incrustaban en la tierra negra buscando algún centro y que este patio alto estaría cubierto, hasta el fin de los finales, por la noche oscura y que cada uno de estos dos patios era la cara de una moneda que la escalera de pórtland unía con cierta delicadeza, de ese modo frágil en el que dos cosas demasiados semejantes se unen. De pronto sentí miedo de que mi escalera pudiera volverse invisible entre semejante desparramo de negruras. Entonces bajé los párpados, aflojé las piernas y me figuré una luna llena, plateada, densa, a la que nadie, ni siquiera el gato, se pudiera trepar.

Irma Verolín  estudió letras en la Universidad de Buenos Aires, ha publicado tres libros de cuentos: Hay una nena que gira, La escalera en el patio grisUna luz que encandila y una novela: El puño del tiempo. Es también autora de literatura infanto juvenil: La gata sobre el teclado (Alfaguara), La lluvia sobre el mundo (El Ateneo)  y El misterio del loro, entre otros. Ha escrito la novela El camino de las araucarias con la que obtuvo el primer premio internacional de Novela Mercosur,  que permanece inédita. Ha obtenido diversas distinciones entre las que se destacan el Premio Fondo Nacional de las Artes, Beca a la creación artística del Fondo Nacional de las Artes, Premio Emecé,  Primer premio de Encuentro de Escritores patagónicos, Primer Premio Municipal Eduardo Mallea por su novela "La mujer invisible", también inédita,  Primer Premio Internacional de Puerto Rico Fundación Luis Palés Matos, dos de sus novelas fueron finalistas en los premios La Nación de Novela y Planeta de Argentina. Es autora de ensayos literarios y de trabajos sobre apertura de la conciencia y calidad de vida.

lunes, 24 de enero de 2011

Liliana Díaz Mindurry - Tres poemas

                                                                                                  
      Liliana Díaz Mindurry (Buenos Aires, 1953) ha desarrollado su producción literaria de manera amplia e incesante. Su obra abarca la narrativa, la poesía y el ensayo, y podemos afirmar que su universo literario se caracteriza por ofrecer una visión existencialista de la realidad, un compromiso verdadero con el lenguaje, donde el exceso conduce a la desintegración de la materia y la duda es la ley que rige el orden social.
      Dueña de una belleza contemporánea, lo oscuro resplandece como un rubí, y su literatura se destaca por poseer una escritura original, de difícil asociación y clasificación. 

      Estos tres poemas que aquí compartimos pertenecen al libro "Resplandor final", que próximamente publicará Ediciones Ruinas Circulares.


LA GIOCONDA de Leonardo Da Vinci

Se ríe desde el fondo de los recuerdos,
se ríe desde el fondo de las esperanzas,
de la sangre de esos gatos que nadie recoge, del último fulgor que nadie ve en
/los ojos de los peces,
se ríe de los muebles de las alcobas que tienen deseos inconfesables, de las
/manos que jamás responden al dueño,
se ríe de los tigres en la calma del mar,
del revés de las caras.

Se ríe de la alegría que lastima la garganta ya por ser pena que endulza la lengua,
se ríe de las mañanas,
de las tardes,
del prometido amor y del temido infierno,
de los que descosen el futuro y tejen un pasado que no existió nunca para
/colgar en los balcones,
se ríe de la tibieza de las salas donde la palabra es terciopelo y seda, transparencia y perfume,
del cristal empañado en el ojo, del último calor del cuerpo
antes de la muerte.

Se ríe del corazón como una campana resonando, de la red que tiembla,
del Dios escondido en las cajas de las iglesias,
se ríe de los bosques cerrados hasta el borde de otros bosques cerrados,
hasta el borde de otros bosques cerrados.

Se ríe,
se sonríe,
sabe que no resucita ningún día perdido en la tristeza
y que la piedra sobre piedra sólo es tejido de piedras.
(Los sirvientes lavan los espejos para que su sonrisa no contamine el porvenir).

LA FILOSOFIA DEL CAMARIN de René Magritte

Cuando nadie los ve
cuando nadie los oye
los vestidos guardan deseos de otros como heridas abiertas, como sangre expuesta,
las ajenas miradas de la desdicha, las voces roncas, las fracturadas noches,
las alegrías futuras como perros por nacer.

Los zapatos reflejan el universo, ese Dios que guarda en los cajones toda la /infelicidad del mundo,
las nostalgias que caen del cielorraso
y los pasos que llevan al placer en los dedos y en la punta de los labios.

Les queman los días pasados y los por venir,
tontos de sueños, de esperanza y de hambre,
ellos,
puestos en el lugar de lo viejo,
juegan dulcemente a las trampas.

Hablan a veces con voz de agua jabonosa,
hablan a veces
del perfume de las cosas estancadas, del espejo que los guarda en sus  aguas.

Así lastimados
son eternos. No sonríen ni dejan que nadie les sonría.
Recuerdan que es mejor olvidar y como filósofos no creen en lo que se ve,

                                   beben tranquilos las luces de la sombra,
y hasta entienden
                                                                       por momentos
                                                                                   esa música sin freno
                                                                                              de la muerte.

CRISTO MUERTO de Hans Holbein el joven

Había una vez, hubo una vez o no hubo nunca. No debo decir el caos.
Había una vez un lastimado,
se oye su muerte en todas partes,
en todas partes.

No ángeles de la guarda, no estampas, no luces, ningún contorno,
las horas del lastimado son eternas.

No luces.
Se puso toda la muerte en el cuerpo,
toda la muerte,
no ángeles,
las horas del lastimado
del muerto, del clavado a todos los cuerpos
crecen como serpientes. No debo decir el caos.

No luces, no ángeles:
los salmos se le duermen en la frente, debajo de las cejas y en la garganta.

Agitaba la eternidad como si fuera una mezcla.

Gatos negros y azules, palabras como gatos negros y azules se volcaban en
/todos los caminos,
llevaba sus pobres milagros pequeños, el agua tibia de las frases goteando,
liviano como un dedo,
transparente.

No era un hombre.
No era una caja con forma de hombre.

Dulcemente su amor
se comía las cosas, brillaba en la saliva, se encendía en los costados de la boca.

Porque no es cierto que sí y no es cierto que no.
Le sacaron cualquier forma de la alegría
el brillo de la noche le enredó ese cuerpo que no gozaron las mujeres.
La luna como un lobo le mordió el vientre y le dobló la espalda.
Esperaba los clavos como fauces.

Los gatos se incendiaron.

Despacito se le aguaron los ojos.
No habría cielos empapelados de celeste
y crecerían las horas
los perros de las horas.

No habría más adentro ni afuera, ni aquí ni allá, ni latitud ni longitud.
Nadie cura la demencia,
                        ningún paraíso. El deseo no corrige la forma de las cosas.

                                   Dar órdenes no es lograr el resplandor.

Las cosas quieren salirse de sí, poner la mirada en blanco.
Es tan simple no estar.

Las horas del lastimado son eternas. Es eterno el perfume.
Es una negra música,
una ternura
            como una negra música.

En las estrellas se salieron los gatos,
las palabras como gatos
resucitaron.

El deseo no corrige el mundo.
Gloria al deseo.  


LILIANA DÍAZ MINDURRY nació en  Buenos Aires. Obtuvo en narrativa  la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores por la novela La resurrección de Zagreus, el  Primer Premio Municipal  de Buenos Aires en cuentos editados Bienio 90-91  por el libro  La estancia del sur,  el Primer Premio Municipal de Córdoba por el mismo libro, el Primer Premio Fondo Nacional de las Artes 1993  por la novela Lo extraño, Premio Centro Cultural de México en cuento 1993, Premio El Espectador de Bogotá en cuento 1994, ambos en el concurso Juan Rulfo de París, el 1º Premio Jiménez Campaña de Granada,  Premio Fernández Rielo de Madrid. Fue premiada por la Municipalidad de Encina de la Cañada (España) y en la Municipalidad de Puebla (México), obtuvo el Premio Planeta 1998  por la novela Pequeña música nocturna, entre otros premios.  Tiene dieciséis libros publicados, entre ellos las novelas La resurrección de Zagreus, A cierta hora, Lo indecible, Summertime, Hace miedo aquí. Algunos de sus libros de cuentos son: Buenos Aires ciudad de la magia y de la muerte, En el fin de las palabras, Retratos de infelices, Ultimo tango en Malos Ayres.  En poesía publicó Sinfonía en llamas, Paraíso en tinieblas, Wonderland: obtuvo el Premio Fondo Nacional de las Artes, el Subsidio de Antorchas, la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores, el Primer Premio Embajada de Grecia,  el Primer Premio First, etc.  Varios de sus poemas fueron publicados en Colombia, Austria y otros países. Su obra fue traducida al alemán y al griego.  El cuento Onetti a las seis  fue llevado a la escena teatral por Hernán Bustos junto con Un sueño realizado  de J C Onetti. Realizó el prefacio a las obras completas de Onetti en la Editorial Galaxia Gutenberg de España y han escrito numerosos ensayos sobre su obra. Coordina talleres literarios desde 1984.

viernes, 29 de octubre de 2010

II Convocatoria Plebella de Poesía

REVISTA PLEBELLA - POETA REVELACIÓN - 2da CONVOCATORIA
Plebella invita a poetas nacidos entre 1965 y 1980 para su segunda convocatoria Poeta Revelación. Los seleccionados serán publicados en internet en una edición especial (ver edición de la convocatoria 2008) con una introducción crítica de uno o varios de los jurados. La convocatoria cierra el 30 de noviembre de 2010.
Bases:
-Podrán participar poetas nacidos entre el 1ro. de enero de 1965 y el 31 de diciembre de 1980 que escriban en castellano.
-La convocatoria es de POESÍA, incluyendo dentro de este rubro no solamente obras escritas en verso, sino también prosas poéticas, poesía visual y otras variantes experimentales.
-Los interesados deberán enviar por triplicado, encuadernado o anillado, un máximo de 15 carillas de poemas.
-Los trabajos deberán presentarse escritos en computadora (fuente Times New Roman / 12) por una sola cara en formato A4.
-Los trabajos deberán ser firmados con seudónimo que debe estar presente y claro en cada copia presentada. Se deberá adjuntar a las obras un sobre cerrado, rubricado por fuera con seudónimo. En el interior deben constar nombre completo y breve curriculum del autor, domicilio, número telefónico, dirección de e-mail, fecha de nacimiento y documento de identidad.
-Aparte debe incluirse un cd con la versión electrónica en formato Word con el seudónimo como nombre del archivo.
-Cada participante puede enviar más de una presentación de poemas, siempre que se trate de series distintas, se presenten con seudónimos diferenciados y como envíos separados.
-La convocatoria no inhibe a aquellos poetas que hayan colaborado con Plebella, siempre que utilicen seudónimo, respeten todos los requisitos de la presentación y no. El plazo de admisión inicia el 2 de mayo y cierra el 30 de noviembre de 2010. Se aceptarán los trabajos que lleguen con posterioridad a ese límite, siempre y cuando conste en el matasellos postal que fueron enviados con anterioridad. Los resultados serán publicados durante 2011. Los trabajos no seleccionados no serán devueltos. Algunos participantes no selecciona-dos podrán ser convocados para participar automáticamente en la siguiente convocatoria y/o para proyectos futuros.
Las obras deberán enviarse a: Revista Plebella Perón 4435 Dpto. 2 (1199) Buenos Aires Argentina
Los poetas que realizarán la selección serán: Blanca Lema, Enrique Solinas y Romina Freschi, directora de Plebella

jueves, 28 de octubre de 2010

Enrique Solinas: Éxtasis y éntasis en el libro "Misales" de Marosa di Giorgio


Marosa di Giorgio (1932-2004) es una de las voces literarias ineludibles en el panorama de la literatura latinoamericana. Su obra presenta un corpus indiferenciado de textos híbridos, donde poesía y narrativa se iluminan entre sí, conversan, y ofrecen un mundo totalmente original. Influida por el modernismo de Darío y de Herrera y Reissig, por el surrealismo, la fábula como modelo a desarrollar y el cuento fantástico, ha dejado una obra  deslumbrante que está en inicios de investigación.
Misales es el primer libro de narraciones que publicó  Marosa di Giorgio en 1993. Está compuesto por 35 narraciones de variada extensión, cuyo eje central  y común denominador es un planteo sexual. Ante el éxtasis que atraviesa el libro, le sucede el éntasis hindú, y ambos se suceden en una continuidad que propicia una dimensión mística, que en apariencia se opone, pero que en un nivel reflexivo está en concordancia con el espacio espiritual creado.
1.     El misal
La palabra misal se aplicó por primera vez al Missale Romanum, libro que contiene  ceremonias, lecturas y oraciones para la celebración de la Santa Misa, según el rito romano. Se trata del libro litúrgico oficial de la Iglesia Católica, compuesto por tres partes: el ordinario de misa, el santoral y las misas de difuntos. Pese a que los misales existen desde la Alta Edad Media, la codificación definitiva de la liturgia romana llegó en 1570, por iniciativa del Concilio de Trento.
Si nos atenemos, en forma rigurosa, al concepto de Misal, comprobaremos que el libro de Marosa di Giorgio no coincide con el tipo textual expuesto, por lo que su título sería llamativo y transgresor, en relación a su temática. Por esta razón consideramos que las narraciones de Misales están construidas en relación al concepto de liturgia, del latín liturgīa, a su vez derivada del griego λειτουργία, que significa “servicio público”. Se trata del orden y la forma con que se realizan las ceremonias de culto en una religión, término extendido a otras ceremonias y/o actos solemnes que no son religiosos. Tanto un bautismo, un acto escolar, un casamiento o un cumpleaños, forman parte de una liturgia que obedece a ciertas reglas explícitas o tácitas.
            En el libro Misales la autora juega con estos dos conceptos de manera alternada, donde el espacio simbólico elegido y nominado existe en relación al culto católico (Misa de Pascua, El Alhelí de la misa, Hortensias en la misa, Misal de la novia, Misal del cura, Misal del novio, Insectos en la misa, Misal de la Virgen, Carnes en la misa, Misal final en traje de novia), pero que responde a la idea extendida de liturgia.

“Salió un perro-zorro y vino al ruedo. Tenía el hocico largo, trotó un poco y robó un huevo de los que estaban en las ventanas, de regalo. Lo llevaba entre los dientes sin apretar.
Volvió por otro y otro. Lo llevaba y volvía en la hora oscura del alba. Trabajando cautelosamente, con el hocico largo y húmedo y humectante…” (Misa de Pascua, p.13)

Este fragmento pertenece a la apertura del libro. El texto en sí no hace referencia a un lugar de culto, sino que el escenario planteado es un espacio abierto, cotidiano, un pueblo rural. Esto se debe a que, para Marosa di Giorgio, el mundo creado y expresado es el gran espacio sagrado, de naturaleza exuberante y ambigua, donde la vida sucede en constante y terrible resplandor.


2.     Extasis y éntasis

Entendemos por éxtasis un estado de arrobamiento del sujeto unido a su objeto, que produce la suspensión de los sentidos. La palabra griega significa concretamente “salir fuera de sí”, y es un estado de plenitud que dura un instante, asociado a la lucidez intensa y a la satisfacción. Por otra parte, éntasis es su consecuencia. Es común que se utilice ambos conceptos como sinónimos, pero no lo son en la óptica adoptada para este trabajo. Considerado el éntasis como una de las fases del proceso del yoga, es la retirada del alma en sí misma para orar. En el budismo representa una etapa hacia el nirvana. Es la unión por la concentración destinada a lograr la base de la paz interior. Si tomamos ambos conceptos, uniendo oriente y occidente, llegaremos a la idea de lo que conocemos como éxtasis místico. El salirse fuera de sí para entrar en sí.
Roberto Echavarren (2005) afirma que “Di Giorgio abre un aura sagrada y a la vez libertina, un amor casto y profano, una convivencia de lo místico y de lo carnal".  Ana Inés Larre Borges (1993) observa que “La perturbadora sensualidad que define toda su creación se transforma, en estos relatos, en franco erotismo”. Consideramos que el proceso que describe Echavarren en el libro Misales sucede de manera inversa: lo carnal es un camino hacia lo místico. Además, la sensualidad destacada por Larre Borges no queda traducida en un erotismo explícito, sino que lo trasciende. Ya como ejemplo podemos tomar el Cantar de los cantares, donde contemplamos la pérdida de lo impersonal con el placer del cuerpo. Pero esto no significa que el texto desea expresar ese placer y allí se queda, sino que lo expresa como deseo de unión con Dios. Para que esto suceda, es necesario despojarse de sí, olvidarse, desintegrar el yo.  El erotismo, nada más, es la representación de la unión mística.
En Misales, un narrador omnisciente se encarga de relatarnos las distintas historias que siempre tendrán una alusión sexual.

Hay un vuelo y como si buscaran flores entran de golpe, insectos sexuales, gloriosos y temibles.” (Insectos en la misa, p.60)

El uso de un narrador protagonista hubiera confirmado el anclaje en el deseo erótico, pero este narrador realiza el primer movimiento hacia la búsqueda de aquello que está más allá de los hechos.

“Descendió el marido. Ella descendió.
- Sálveme.  
     Contestó el Ángel: - Aniquilaré al marido.
     Ella tembló.
     -Y lo reemplazaré yo.
     Ella tembló más.
     -Ya lo aniquilé, y ya.
     Todo quedó oscuro y diferente. Y todo se alumbró.
     Ella miró.
     Vio la figura alta, vaporosa, que había venido en la rueda (y que parecía su propia cola de novia), el rostro, los ojos de miosotis del cielo, pero ardientes, y la rosada lengua que ya le hacía una pavorosa señal.” (Misa final en traje de novia, p. 116)

El sexo adquiere aquí un matiz bestial (Misa final con murciélago, p. 76). Todos los seres se vinculan sexualmente de manera violenta, pero estas descripciones sirven para expresar la vida que existe en constante movimiento, la ebullición de los seres que a cada instante se conocen, se relacionan, se unen y mueren, para dar lugar a otros seres de la creación.

“Se oía en el fondo de los bosques, gritos de mujeres que tenían pasiones con los bichos. Algunas eran mordidas y casi asesinadas y se salvaban de un solo manotazo…” (La canción de los puercoespines, p. 105)

Pero este movimiento no tiene sentido en sí mismo, sino que se trata de la energía vital que hace perdurar al mundo. Lo masculino y lo femenino se confunden, se fusionan, para borrar así las características que los diferencian.   
Por estas razones, tanto éxtasis como éntasis se retroalimentan, dos elementos que no pueden existir de manera independiente, sino en eterna concordancia.
           
3.     La creación y el éxtasis

El punto de contacto entre el libro Misales y la literatura mística es que la vía contemplativa e iluminativa es utilizada para acceder a la unión mística. Las representaciones que crea y conforman su universo literario se vuelven uno con el sujeto y es un medio para acceder a la vía unitiva. Lo notable de esta creación es que Marosa di Giorgio logra la naturalización de las acciones que forman parte de estos relatos. La vida, el sexo, la muerte, son descriptos con serenidad inquietante. Si bien podemos apreciar este camino trazado en los relatos, el espacio espiritual no aparece de manera evidente, sino que se instala en aquello que es brutal. Lo importante no es el acceso a lo trascendental, sino que una vez que accedemos a lo espiritual, qué es lo que podemos hacer con eso.

“El fuego venía rodeado de humo, de cosas, y casi la borroneaba, encendida como un ascua, todavía sentada al pie de la cama, sin acostarse. Y lo anulaba a él, del que quedaban allá arriba los ojos celestes.
Ella, antes de volverse nada, pelusa, oyó que él decía: - Mi nombre es Dios, no me reconociste.
Y quedó allá lejos, como lo que era, una estrella fija.” (Misa de Pascua, p. 21)

            Hay un sentido de vacío en la imagen, como señala Heinrich Suso, en tanto ésta no coincide con lo que debería ser o con la imagen del deseo. Por esta razón, el éxtasis expuesto en Misales, es una forma de placer que encuentra las formas del horror, Los personajes terminan aceptando el abuso, el crimen, la injusticia, la frustración, de la misma forma que aceptarían la felicidad. Terminan siendo una consecuencia de los avatares de la naturaleza. La creación, en tanto descriptiva, conduce al umbral del éxtasis místico. 

4.     Conclusiones

El éxtasis que subyace en Misales de Marosa di Giorgio presenta en apariencia un primer nivel de lectura que transgrede las convenciones, en tanto a la forma en relación con su contenido (lo religioso y lo profano). Pero en un segundo nivel podemos comprobar que ese éxtasis está en relación al éntasis que convive y se fusiona con éste, para transformarse en un éxtasis místico. Lo curioso es que – a pesar de no estar frente a una literatura mística en la acepción más clásica – estos textos podrían ubicarse en el pórtico del éxtasis místico, ya que éste no termina de suceder. El resultado es una consecuencia propia de la naturaleza que es propicia y al mismo tiempo, nefasta. Y las imágenes creadas, por insuficientes, por no coincidir con lo que espera el deseo, representan la nada, el vacío.
Lo erótico conduce a lo religioso, pero esta dimensión se presenta incompleta, injusta, feroz, frustrante. Y las escenas narradas terminan convirtiéndose en preguntas que cada cual deberá responder.

Enrique Solinas

Bibliografía Consultada:
·         Bataille, Georges. 2007. El erotismo. Madrid, Ed. Tusquets.
·         DI GIORGIO, Marosa, 2005. Misales, Relatos eróticos. Prólogo de Roberto Echavarren. Buenos Aires, El cuenco de plata.
---------------------------------------Misales, Relatos eróticos. Contratapa de          Ana Inés Borges Larre. 1993. Montevideo, Editorial Cal y Canto.
·          Echavarren, Roberto. 2005. Marosa di Giorgio: devenir intenso.  Montevideo, Ediciones Lapzus.
·         ELÍADE, Mircea. 1998.  El yoga, Inmortalidad y libertad. México, FCE.
·         GARET, Leonardo. 2006. El milagro incesante. Vida y obra de Marosa di Giorgio. Montevideo. Ediciones Aldebarán.
·         MUJICA, Hugo. 2002. Poéticas del vacío. Madrid, Trotta.
·         P. DA SILVA, Luz María. 2000. “Ocho novelistas latinoamericanas de la primera mitad del siglo XX: reflexiones acerca de una nueva estética narrativa”. Anuario brasileño de estudios hispánicos, nº 10, Ministerio de educación, cultura y deporte, Brasilia, pp. 181-186.
·         ROCCETTI, Antonella. 1996-1997. “El éxtasis místico”. Archivum. Revista de la Facultad de Filología de Oviedo, Tomo 46-47, pp. 371-408.
* SUSO, Heinrich. 1982. El libro de la eterna sabiduría. Buenos Aires. Editorial Hastinapura.