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domingo, 31 de marzo de 2013

Osvaldo Sauma - Diez Poemas


 

 
 

Nació en Costa Rica, en 1949. Es Poeta. Profesor del Taller de Expresión Literaria en el Conservatorio Castella, San José, Costa Rica desde 1981 a 2010. Autor de: Las huellas del desencanto (1983), Retrato en familia (Premio Latinoamericano EDUCA, 1985), Asabis (1993), Madre nuestra fértil tierra (1997), Bitácora del iluso (2000), El libro del adiós (2006). Antologias realizadas: Poesía Infantil del Conservatorio Castella (1986), Antología del Conservatorio Castella (1990), Los signos vigilantes (antología de poesía ecológica, 1992), Tierra de nadie (9 poetas latinoamericanos, 1994), La sangre iluminada (6 poetas latinoamericanos, 1998), Martes de poesía en el Cuartel de la Boca del Monte (1998), Antología de seis poetas latinoamericanos (2006).

Coordinador de la rama de literatura en el Festival Internacional de las Artes de Costa Rica en los años 1994, 1998, 1999, 2005, 2006 y 2009, dando a conocer al público de Costa Rica a poetas como Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Blanca Varela, Jaime Sabines, José Emilio Pacheco, Pablo Armando Fernández, Claribel Alegría, Piedad Bonett, Rocío Silva Santiesteban, Juan Manuel Roca y William Ospina, entre otros.

Ha sido jurado en los premios internacionales Ricardo Miró, rama de poesía (Panamá 2000), primer premio hispanoamericano de poesía Sor Juana Inés de la Cruz (México 1997) y Juan Ramón Molina (Honduras 1983), entre otros.

Su obra ha sido traducida al inglés, al francés, al portugués, al árabe y al hindi.

Ha participado a numerosos festivales internacionales de poesía, como: Medellín y Bogotá (Colombia), Granada (Nicaragua), Rosario (Argentina), Festival Mundial de la Poesía (Chile), Mundo Latino (México), Festival Internacional de las Letras Jaime Sabines (México), Festival Intercontinentale della Poesia Mediterranea (Roma, Italia), Kritya, Mysore (India), entre otros.


EFECTOS COLATERALES


la luna se alza

como un ícono sobre la noche

 

afuera los seres humanos

se matan en las carreteras  

o en los bares

o en las calles asidas

al tropiezo de sus obsesiones

 

otros se protegen de la soledad

bailan la danza de las diversiones

se revuelcan en las camas

para olvidarse de sí mismos

en el cuerpo del otro

o se suicidan bajo la claridad 

de los altos puentes del vacío

 

sólo los solitarios se ensimisman

en el sinsentido de los días

sin que los rayos lunares

alteren sus marejadas internas

 

en medio de las musas extintas

hayan consuelo

a pesar de que no exista salida

a pesar de los baños de la luna llena

en su ir y venir sobre el flujo marino

entre las aguas interiores de las mujeres

o al fondo de esa nostalgia de lobos

que los hombres llevan consigo

 

los solitarios viven

del rumor de sus silencios

y beben / a solas brindan

con la luna y su propia sombra

emulando a Li-tai-Po

en los eternos rituales del desamparo

 

LATITUD CERO

Aquel que no ama las nubes

 que no vaya al Ecuador

Henri Michaux

 

justo en la mitad del mundo

las nubes

perros del aire

viajan directamente al sur

 

nubes que Michaux amó

como se suele amar a los lobos

esos pastores fieles de las montañas

 

en medio de la cintura del planeta

en el punto cero cero cero

donde convergen el yin y el yang

 

hay un hombre dividido

entre una línea imaginaria

y los rayos perpendiculares

que deja caer el sol

 

aquí

sobre estas cimas

donde la razón trazó sus coordenadas

y orientó el desasosiego de su miedo

 

aquí en el Ecuador

hay un hombre fervoroso

cantándole al ombligo de la Tierra

 

TARJETA POSTAL

 
sospecho de los obeliscos

implantados en el frontispicio

de las iglesias romanas

 

mala señal para las gaviotas

que perdieron su mar

entre las ruinas

y el esplendor de los Etruscos

 

pero yo vine aquí

para amar a una mujer

no caminé los caminos

que conducen a Roma

para fijarme en nimiedades

 

vine porque sus besos

me protegen del mal de ojo

y redimen con fuego mis cenizas

 
EQUIDAD

 
que nadie se vaya impune de esta fiesta

ni escape nadie por la puerta trasera

como si no fuese artífice de su negligencia

y no olvide la cuota de horror que se merece

ni diga

no sabía/ yo pensaba/ tengo el alma noble

 

que nadie huya

de esta fiesta de los taladros

con licencia de ángel obeso

que prohíban la venta de bulas papales

 

que nadie abandone el barco

como las ratas

ni cave túneles como los topos

 

que no se salve nadie si no nos salvamos todos

 
MIRÁNDOLA DORMIR

 

todo hombre es su propio sol

en la media noche del hastío

cuando los grillos chillan

como fuego endemoniado

y las estrellas

están más distantes que nunca

 

bajo la luz del aguardiente

todo hombre

                        apaga

la lumbre interior de la nada

mientras mira dormir

a la mujer que le cedió el destino

no la que le inventó la ilusión

 

todo hombre

que como yo se emborracha

junto a la mujer

que nos huye en sueños

evade la necesidad del otro

hace de su fracaso

un tintineo abstracto

y se bebe en silencio su perdición

 

 

A SOLAS EN CASA

 

 

no quiero mover un dedo

me abandono

                     me ensimismo

me fugo del devenir y del progreso

me oculto en los armarios de la infancia

en la cueva del autista

 

prueba de ello son las colillas

que deja por todas partes el desasosiego

esa ropa colgada en cualquier puerta

los trastos neciamente sucios

 

no es mentira esta abulia

estoy cansado de mí y de los otros

de los muertos del día

de los impuestos que suben

de los salarios que no alcanzan

de la impunidad que siempre

protege a los políticos

de no ser yo

de no poder vivir como en mis sueños

 

 

UNA MUJER BAILA

 

 

una mujer baila
amparada a la noche
despliega sus brazos

como decir sus alas

desde el centro del aire
hacia las afueras del aire
en diagonal a los espacios de la luz

entre los costados de la sombra


una mujer gira
como un astro

y sobre sí misma
                          esboza

la ruta del azar y sus conjugaciones
gira

      baila
             alza un tiempo magnético
como quien alza un pájaro

desde la tierra que lo atrapa

y traza con un carbón encendido

el lenguaje bermejo de las cavernas


baila
       y con ello sacude

los miedos de la infancia
que aterrados todavía

nos llaman desde su adentro


una mujer baila
sobre el corazón de la madera

para enardecer
el latido ciego de la vida

baila sobre mis heridas
para recrudecerme

el camino del remordimiento


una mujer baila

sola contra la adversidad
baila sobre el planeta errante

sobre un contratiempo
de la memoria
y se fuga en esa fuga de la música

y vuelve sobre sí misma

para revelarnos

un deseo desterrado del Paraíso terrenal.

 

 

INTIFADA

 

 

este es un poema

que nace de mi rabia

por donde quiera que pasa

arroja las piedras de su cólera

la hiel del insomnio

la resaca de un dolor

encerrado en el pecho solar

 

nada detiene su feroz cabalgata

como un quinto jinete

levanta el polvo estelar

sobre las mezquindades de la historia

 

echa fuego por el hocico de los tiempos

deja cenizas de pólvora

entre la ilusión de los verdugos

 

corre desbocado

espanta las palomas de la discordia

y alfanje en mano

                           vierte su odio

sobre las cabezas de los dirigidores

 

este es un poema

arrastrado por ángeles furiosos

las palabras salen de sus bocas secas

como de un manantial de aguas sangrientas

o como lava de volcán si así lo quieren

o bien como un derroche de piedras

sobre las ruinas de una ciudad

hecha de piedras sobre piedras

 

TRÍPTICO DE LA BUHARDILLA

a Francisco Amighetti

In memoriam

 

I

derramo

los primeros tragos del aguardiente

para que los ángeles

beban conmigo en soledad

con amigos así

es fácil perder la cordura

nada mejor que beber

amparado a su pulcritud

 

extraña costumbre esta

a la que a diario me acostumbro

para exorcizar los fantasmas de la tierra

para despertar la embriaguez seráfica

y alzar vuelo en medio de la nada

 

 

II

 salud

           hermano

                          salud

 

de más está decir

que cada uno lee en el otro

el cúmulo de sus miserias

de más está decir

que envejecemos

y que de nada nos sirven

las estatuas de sal

que dejamos perdidas en el camino

(el viento a nuestras espaldas

sopla una tramontana inútil)

 

salud

           hermano

                          salud

por esta soledad que compartimos

frente a frente / espejo contra espejo

 

 

III

hoy no llamaré a nadie

hoy quiero emborracharme

a solas con mis ángeles

 

aquí adentro

no hace falta el mundo

tenemos amigos

que desde las sombras

celebran con nosotros

en silencio

hermanos que releemos

a la manera

en que se lame un animal herido

 

aquí

        ni siquiera

hace falta la música

                              nos bastan

la palabra y el aguardiente

el humo sagrado

y otras comunes pertenencias

 

aquí no hace falta nada

aquí hacen nido los pájaros nocturnos

y Homero y Ulises vuelven a quemar las naves

 

 

ASABIS 

 

                                           La segunda ley es la Asabis,

                                                               la solidaridad de la sangre que une entre sí

                               a los miembros de un clan,

                                                               como si fueran un mismo cuerpo.

                                                                                  G. Virgil Gheorghiu

No conozco Beirut

ni los cedros de Líbano

no conocí a mi abuelo

ni a su padre el viejo Sheik

 

no sé ni una palabra en árabe

tampoco si provengo

de los Sunnitas o de los Chiítas

si fui fenicio navegante

en aguas del Mediterráneo

o si en otro tiempo cabalgué sobre Balbek

entre las tropas de Saladino el Grande

 

nací próximo a la línea Ecuatorial

a 10˚ latitud norte media

y 84˚ longitud oeste media

del meridiano de Greenwich

y ya sé que no hay patria para mí

más que esta patria donde viven mis hijos

 

sin embargo

poseo una chilaba que cambié

a Mohamed en una calle de Tetuán

y bajo el influjo de esa vestimenta

me supe árabe ente los árabes

y antes de caer deslumbrado

frente a la belleza de la Alhambra

comprendí que preexistían

sus prodigios ornamentales

 

sus arabescos

y cuando por primera vez

supe de Gibrán Jalil Gibrán

recordé la historia que subyace

dentro del hilo común de nuestro Asabis.
 
 
 
 

jueves, 28 de febrero de 2013

Enrique Solinas en el IX Festival Internacional de Poesìa de Granada, Nicaragua

 
 


 
Cambios Climáticos
      Padre,
      hoy te vuelvo a encontrar
      en esta ciudad desesperada.
      Charlemos sobre el tiempo
      que es mejor
      a conversar sobre otras cuestiones.
      Hablemos de la lluvia o el sol
      pero no me preguntes
      sobre la muerte que nos sucede ahora.

      La idea de parecerme a Jean Paul Sartre
      aun me seduce
      como el sonido de un cuchillo,
      atravesando la realidad
     (y no te lo digo).

     Toda muerte
     primero sucede en las palabras
     para luego llevarse a cabo
     en los ojos
     (y no te lo digo).

     Padre,
     hoy te veo
     y al mismo tiempo veo al que seré,
     pero distinto.

     Ya nada se puede hacer.
     Es necesario.
     Mejor,
                 charlemos sobre el tiempo.

          

 
 
 

El Rostro de Dios
 
 
 
 
                                            a mi madre, in memoriam

 

Esa mujer
extendida hasta nunca debajo de la sábana
no muestra signos de respiración.
Apenas es el resto de una imagen,
el personaje principal en bastidores
no disponible para despedidas.
Hacia los costados,
sus brazos se alargan y tocan el infinito.
Las manos se apoyan en oriente y occidente
sin ganas ya,
sin intención.

Descorro la sábana y al mismo tiempo
vuela una mosca como ninfa sorprendida.
He aquí la cuestión:
sus labios entreabiertos y la piel extraña
contrastan con el gesto de una sonrisa,
y el único signo de vitalidad
es la mosca
que ha bebido toda su respiración.

Si la mujer sonríe es porque sabe algo
que nunca terminó de decir.
Si la mujer sonríe
es porque nos ha engañado
y nunca sabremos el motivo.
Pasa el tiempo como la vida pasa,
como pasa lo bello y lo triste.
Luego la abrirán en dos
para saber la causa de su fallecimiento.
Luego,
su rostro cambiará y será otra,
alguien desconocido.

Ahora sé que éste es el rostro de Dios:
una mujer que se va y la mosca que sonríe,
compartiendo la misma despedida.
Tan sólo nos queda
cubrir el cuerpo de la desesperanza
y contemplar el aire de la noche,
fatal y divino

 
 

jueves, 15 de noviembre de 2012

IX Festival Internacional de Poesía en Granada, Nicaragua

 
 
Más de 100 poetas asistirán al IX Festival Internacional de Poesía de Granada, que se celebrará en dicha ciudad el próximo año, y en el cual se homenajeará al escritor Ernesto Cardenal y su más de medio siglo de vida literaria, informaron los organizadores el pasado 24 de octubre.
 
El Festival tendrá lugar en esta ciudad del sur de Nicaragua del 17 al 24 de febrero, con el lema “La poesía es el cántico del cosmos”, en alusión a Cántico cósmico, una de las máximas obras de Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012 y Pablo Neruda 2009.
 
El evento “es un homenaje a los valores más apasionados del ser humano y una extraordinaria celebración del sacramento de la palabra que hace que el hombre viva en sociedad”, expresó el presidente de la Fundación del Festival, Francisco de Asís Fernández, al anunciar la cita en una rueda de prensa.
 
El Festival de Granada ha reunido en los últimos ocho años a más de mil poetas de diferentes países y 450 mil amantes de la literatura. En 2013 reunirá a 135 poetas de Nicaragua y el mundo. Están invitados, por ejemplo, Bianca Jagger, ex modelo y activista de los derechos humanos de origen nicaragüense. Por Argentina, el poeta, narrador e investigador Enrique Solinas; de Japón, el poeta y editor Yashuiro Yotsumoto; de Cuba, el poeta, narrador y crítico Elpidio Alfonso-Grau; de Marruecos, el poeta Taha Adnan; por Estonia, Jury Talbet; de Colombia, el poeta, narrador y ensayista  Gonzalo Márquez, entre otros.

domingo, 21 de octubre de 2012

Carlos Antognazzi - Sobre "El camino de los viajeros" de Irma Verolín


 
Una voz para recuperar el amor vivido
por Carlos Antognazzi
 
      Viajábamos con voracidad, como si la tierra estuviera a punto de acabarse y hubiera que recorrerla toda, de un extremo al otro, sin darle tiempo siquiera a que continuara girando. Viajábamos sin medida, descontroladamente, para no llegar a ninguna parte, para no quedarnos ni aquí ni allá. Y eso era bueno porque viajando no había ni aquí ni allá, el espacio se convertía en tiempo, las cosas no estaban quietas, por lo tanto no nos aburrían con su fijeza, además no había que esperar que terminara la noche o comenzara el día para que el paisaje cambiara.
Ese vértigo de arrastrar el cuerpo a ras del mundo era lo único que parecía justificarnos. Él me decía:
—Mirá bien el paisaje. Ya vas a ver que cuando estemos en Egipto será muy diferente.
Su tono irónico no apagaba el colorido tropical de tanto monte desparramado sobre las serranías. Su tono, en realidad no apagaba nada, sino que era su voz la que se iba apagando dijera lo que dijese, como si un viento lo agobiara o el paisaje la aspirara desde todos los ángulos. Su voz siempre perdía intensidad aún cuando hablaba de los viajes. Su voz no era dulce, ni tampoco firme. Era una de esas voces que dan la impresión de que les falta temple o consistencia, una voz un poco desmantelada o sin esa especie de médula que la sostenga por dentro para que sea capaz de atravesar una parte del mundo sin sucumbir. De cualquier modo su voz o sus palabras poco importaban. Quizá únicamente importaba el hecho de viajar o, en tal caso, la idea de viajar. El resto, los asuntos de cada día se acomodaban o giraban en torno a nuestros viajes con demasiada sencillez. Éramos simplemente dos personas que viajaban y viajaban y viajaban".
 
Hay, primero, una voz. Una voz que enuncia una historia fragmentada, que procura asirla en un discurso solidario, sensible. Una voz femenina que, como diría Barthes, desea la armonía de una historia que se disgrega, inevitable, en mosaicos difusos. La voz desea recuperar un tiempo y ordenarlo para poder comprender lo que ha ocurrido en ese pasado, quizás no tan lejano, pero que visto con los ojos de la nostalgia y la perspectiva de los años aparece fatalmente nimbado de misterio y añoranzas. La voz habla de las cartas, entonces, porque entiende que en ellas, en su sincero candor, puede haber una punta para comenzar a desovillar esa historia ocurrida en el norte del norte, en un pueblo perdido en las serranías en el corazón de Misiones. Un pueblo que existe, que tiene nombre y que conocí pocos años después que Irma Verolín lo conociera como una especie de exiliada voluntaria: San Pedro.
La voz también tiene nombre, el nombre que firma las cartas recuperadas gracias a las fotocopias que Marcos, el otro protagonista de esta historia, hizo para devolverlas, a quien las escribiera, aceptando su pedido. Pero es un nombre de ocasión, un nombre surgido tal vez más de la necesidad de darle una organización a esas cartas que a una realidad incuestionable: «las firmaba una tal Irene. Así me llamé yo por aquel tiempo, así me rebautizó Marcos. Ya no me llamo Irene. Me llamé así sólo para Marcos y los pocos amigos del monte, para los viajes, para la ciudad en la que terminamos viviendo» (p. 14).
      Hay una voz y hay un lugar también, entonces, un espacio acotado a unas pocas casas en medio “del monte”, esa forma genérica de llamar a la selva misionera. Y hay una época, difusa pero reconocible, fines del proceso militar en Argentina. En un momento, promediando la novela, la voz dice que «llegar a las islas perdidas en la última guerra carecía de sentido» (p. 102). Porque Irene y Marcos, adoptemos de una vez los supuestos, viajan, se mueven, viven enclavados en el monte pero cada tanto, como liberando el vapor para que la presión no sea excesiva, parten siguiendo las líneas de un mapa ajado. Parten buscando algo de sí mismos que no pueden hallar fuera, que llevan dentro, pero que los impulsa en viajes agitados, frenéticos. Luego todo vuelve a la calma de San Pedro y al oficio de médico de frontera de Marcos y al de aprendiz de alcohólica de Irene. Porque, sumida en esa selva que asfixia y desdibuja los contornos de las cosas, deglutiendo la aparente firmeza de los objetos, Irene se refugia en el alcohol como una forma de escapar a algo innominado que la acosa.

      Si todo esto que digo es ambiguo, si en cada frase hay brumas e imprecisión, es porque esta novela está construida desde una voz elusiva que narra en forma inconexa aunque calma, yuxtaponiendo pequeños fragmentos de recuerdos que van generando, casi a pesar suyo, como si no fuera esa la intención, el entramado de la historia de Irene y Marcos. Dividida en nueve capítulos que señalan otras tantas instancias, la novela es un acabado ejemplo de estructura de mosaicos, párrafos autónomos que se relacionan por espacios en blanco y que van conformando con retazos una historia de amor y desamor.

      Si los protagonistas son apenas esbozados es porque el aliento de la novela así lo exige. Porque antes que ellos lo que prima es el tono, la melodía de esa voz que va y viene tejiendo anécdotas, recuerdos, sutiles ironías, gritos y discusiones calmos, aletargados en el sopor del monte y la distancia emocional que ineludiblemente atempera los hechos. La prosa es de un lirismo que se acompasa a la respiración de quien enuncia y quien lee, que doblega todo ripio y todo drama y lo amolda al discurso. Nada sobresale, nada desentona, todo tiene su preciado y calculado espacio en la trama, cada mosaico de recuerdo acompaña, no se impone. Más allá de la historia en sí que Irma Verolín cuenta, éste es el rasgo que hace de este libro una excelente novela: la fluidez de un discurso sin enmiendas, que dice lo justo, como con cautela, para difuminarse rápidamente en lo elusivo.

      Los elementos con que cuenta Verolín son mínimos. Una pareja, el monte, los viajes para buscar lo que llevan consigo en su propio interior, un contexto de violencia que aparece en sordina, en segundo plano. Es cierto que esta calma del discurso sólo puede funcionar, técnicamente hablando, porque se trata de un recuerdo, de una evocación que la narradora hace desde la distancia del tiempo transcurrido. Esa voz que se aísla de los hechos narrados puede hacerlo porque no dice en el momento de los hechos sino años después, cuando llevada por el deseo de contar esa historia pide a “Marcos” que le fotocopie las cartas que le fue enviando para recuperar parte de lo vivido y reconstruir los días en el monte. Pero las cartas son dichas, no aparecen en primer plano. Todo queda supeditado a esa voz que teje y desteje con parsimonia y que dice lo justo sin que necesariamente eso dicho sea del todo cierto o comprensible para el lector, como el capítulo de la “criatura”, ser de cuatro patas que ni Irene, ni Marcos, ni Verolín ni, evidentemente, el lector, pueden saber de qué clase es. La criatura aparece en un capítulo y desaparece al siguiente como si nada hubiera ocurrido, pero tanto Irene como Marcos y el lector perciben en ella, por la manera en que la adoptan durante su breve estancia, que pudo ser la proyección del hijo que no tienen.

      Este capítulo funciona además para ejemplificar la libertad con la que se maneja Verolín  a la hora de narrar. Si la prosa es acompasada a una respiración suave es porque Verolín se permite que la voz fluya sin intermitencias, que diga a su ritmo, que se exprese y avance buscando su propia cadencia, su medida, su tono. Nada inquieta a la autora ni a la voz que recupera el pasado. Hay en esta actitud una suerte de aceptación, de ese wu-wei que determina el espíritu oriental, según el cual las cosas son como deben ser, ser sin objetivo, ausencia de intención. Es el espíritu del Tao: la contención, la blandura, la beatitud, la ternura.

     En esa búsqueda que la protagonista hace de una instancia pasada de su vida hay otro viaje, también. No sólo Irene y Marcos viajan por la geografía ajada de un mapa que se va desgastando con el tiempo hasta desaparecer y tener que reemplazarlo, sino que Irene, años después de los hechos, “viaja” nuevamente desde la relectura de las cartas hacia ese pasado para percibir en los pliegues y claroscuros de una selva y un cuerpo una historia de amor, su propia historia, aquello que permanece por más tiempo que transcurra. La Irene que enuncia ya es otra, lo ha dicho explícitamente al principio de la novela, pero hay algo que subsiste latiendo allí, secreto, misterioso, insondable, y que sólo se puede recuperar desde las brumas a través de la praxis, desde el alborozo siempre renovado de la escritura.

 “A veces, insistiendo en releer esas cartas, se me ocurre que hay una tercera en discordia. Me refiero a mí. La primera es la que escribió las cartas, la segunda, esa que aparece en el video y que no quiero ser yo y, por fin y en tercer lugar, mi persona.

Entonces la señora del video, no yo, es la que busca comprender a la mujer de las cartas. Sospecho que no la comprenderá porque la rechaza, no la quiere, no le perdona sus torpezas, sus arranques de mal humor y su alcoholismo. Lo único que justifica a aquella mujer frente a los ojos de esta señora es su supuesta hermosura, una hermosura que, por otra parte, está en tela de juicio. De modo que podría decirse que la mujer es injustificable. Sin embargo sin ella no hay historia, no hay nada que decir. La existencia de la mujer sostiene la existencia de la señora que necesita forzosamente entretejer su pasado.

Ella escribe, ella intenta alimentarse de la sed de escribir que la mujer tenía, por eso hurga entre los recovecos de las letras de sus cartas con bastante escabrosidad. La señora quiere escribir y la pobre se tropieza con la dificultad de no poder precisar cómo se llamaba aquel árbol, aquella planta, aquel bicho, aquel recipiente de fibras vegetales que oficiaba de maceta que siempre mantenía la humedad. Eso le produce un dolor enorme. Pero la señora, la misma que aparece en el video grabado en el cable cultural, cierra sus ojos y sabe que todo aún está allí, dentro de ella. Todo está intacto. Ha perdido el recuerdo de las palabras pero no la memoria de las cosas que esas palabras designaban. Entre la vida y las palabras siempre se cruzó un abismo; tender un puente entre ellos es tender la capa del torero que flota sobre el charco como en la canción «El relicario» que su abuela cantaba. Tarde o temprano la capa se hunde y con ella el pie. Hay que cruzar muy rápido, muy rápido de la realidad a las palabras para no naufragar. La señora del videolo sabe muy bien. “

      El mundo que presenta Verolín en esta novela no es, seguramente, el real, biográfico, que tiene que ver con las coordenadas de espacio y tiempo de una época arrasada por los días, pero a la vez provoca en el lector un eco, una íntima sospecha de que ese amor padecido hace tanto por Irene y Marcos, en el monte, ha trascendido y se ha renovado en el largo y azaroso camino de los viajeros.

Texto leído en la presentación de la novela- La Redonda- Santa Fe, 23-9-12
Los párrafos citados corresponden a las páginas 9 y 129 respectivamente de “El camino de los viajeros” de Irma Verolín,  Ediciones UNL, Santa Fe 2012.

jueves, 14 de abril de 2011

El Grupo Editorial La Hoguera presenta "Unidad Variable - Antología de la poesía boliviano-argentina"


          El Grupo Editorial La Hoguera es una empresa editorial boliviana que produce, comercializa y distribuye libros literarios y didácticos de alta calidad para contribuir eficazmente al desarrollo del sistema educativo y expandir el nivel cultural de las presentes y futuras generaciones dentro de las exigencias de una sociedad globalizada y los desafíos históricos del siglo XXI.

          El Grupo Editorial La hoguera, el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Casa de la Lectura de Buenos Aires, invitan a la presentación de "Unidad variable. Bolivia - Argentina. Poesía actual", selección y recopilación: Laura R. Martínez. Prólogos a cargo de Rodolfo Ortíz y Marimé Arancet Ruda.

          La cita es el Sábado 23 de abril a las 21:00 Hs en la 37º Feria Internacional del LIbro de Buenos Aires, Sala Domingo Faustino Sarmiento.

          Autores antologados:

         Joaquín Giannuzzi, Héctor Borda, Pedro Shimose, Jesús Urzagasti, Hugo Mujica, Santiago Sylvester, Matilde Casazola, Eduardo Mitre, Paulina Vinderman, Daniel Freidemberg, Nicomedes Suárez, Diana Bellessi, Jorge Paolantonio, Javier Adúriz, Jorge Aulicino, Humberto Quino Márquez, Mirta Rosenberg, Juan Carlos Orihuela, Jorge Campero, María Teresa Andruetto, Gary Daher, Cé Mendizábal, Dolores Etchecopar, Marcia Mogro, Susana Villalba, Juan Cristóbal Mac Lean, Susana Cella, Vilma Tapia, Juan Carlos Ramiro Quiroga, Fabián Casas, Marcelo Villena, Paula Jiménez, Enrique Solinas, Andi Nachón, Benjamín Chávez, Mónica Velásquez, Santiago Llach, Gabriel Chávez, Paura Rodríguez, Romina Freschi.

          Quedan todos invitados a festejar con nosotros este nuevo libro.

sábado, 12 de febrero de 2011

Irma Verolín - Ficción y Autorreferencialidad

     La literatura de Irma Verolín camina por el filo preciso de un cuchillo que separa la realidad de la ficción. Por esté motivo, podemos afirmar que se trata de una literatura autorreferencial, con los procesos de ficcionalización necesarios para presentarnos sus creaciones como pequeñas confesiones dichas en voz baja. El uso de la primera persona -frecuente en su universo literario- convence al lector para pactar con la magia de la historia narrada, y lo instala en el centro de los acontecimientos.
    
     Con una escritura bella, poética, reflexiva y fresca, Irma Verolín construye un mundo de aciertos y frustraciones, rico en humor y memoria de la buena, para que cada cuento narrado sea un viaje hacia el país de la imaginación,  a través de la excelencia literaria.

Enrique Solinas


La escalera del patio gris

    Vivíamos todos en una casi tenía un patio tan grande, tan pero tan grande que casi podría decirse que vivíamos en aquel patio. Era un patio de paredes altas y pisos grises con incrustaciones blancas y negras, bordeado de macetas despintadas por la lluvia y la mala voluntad. Nuestro pequeño mundo se extendía entre la puerta cancel y la cocina, entre el baño minúsculo y la escalera de pórtland. No éramos felices. Y la verdad es que eso no tenía demasiada importancia. Para nosotros la felicidad era un agregado que podía estar o no estar en la vida de la gente, no su esencia o su columna vertebral, ese esqueleto hecho de espuma y cenizas. Sin embargo, nuestra infelicidad no obstaculizaba el ir y venir de las ocupaciones, el ritmo de nuestra respiración ni el horario de las comidas. Por otra parte hablábamos lo justo y necesario. El sol se trasladaba por el cielo con esa pulcritud que sumaba una gota de confianza a la costumbre de dejarse llevar por lo que acontece, por la historia anterior de abuelos, bisabuelos y vecinos. Así que yo veía al sol trasladarse, lento, llameante, y ni siquiera podía imaginarme que en realidad era nuestro patio con sus paredes altas y sus grises baldosas el que se movía haciendo que, de pronto,  el copete del sol absorbiera las sombras para dejarnos toda una noche a oscuras.

     Yo tenía catorce años. Creo que siempre he tenido catorce años. Y ellos eran viejos, desde siempre también y no existía en el mundo nadie más que ellos para mí. Además del gato de cola finita que mostraba un hastío especial hacia todo, al extremo de que parecía andar diciendo con su silencio que la vida le importaba un bledo. Yo amaba a aquel gato. Al gato y a la escalera de pórtland. Y soñaba con viajar por la escalera, peldaño a peldaño para llegar hasta el haz de luz rectangular que quedaba allá, en el fondo, un rectángulo perfecto que me comía los ojos.

     El patio, solamente el patio nos pertenecía, era nuestro sitio en un mundo que estaba lejos, lejísimos. Es muy probable que eso fuera lo que nos mantenía unidos, vaya a saber para qué. Lo cierto es que respirando el aire del patio yo imaginaba que al subir la escalera empezaba otro lugar que no era el mundo, que no era el patio. De modo que subir aquella escalera significaba emprender un viaje muy largo, para el que quizá  yo no estuviese preparada.

     Mi abuela decía que los viajes eran peligrosos, al tiempo que masticaba la papilla con zapallo haciendo muecas de asco y, por supuesto, sacando a relucir ampulosamente antiguos recuerdos: el tranvía, sus mareos, el peligro de matar un perro vagabundo, esas cosas terribles que, según ella, solían suceder durante los viajes. Mi abuela había viajado mucho en tranvía y se enorgullecía de ello. Mi abuelo, en cambio, prefería no hablar del tema, que se había convertido en algo parecido a un tabú; el simple hecho de mencionarlo le ponía la carne de gallina. Mi tía aseguraba haber viajado hasta el hartazgo; con esas exactas palabras lo decía y, según mi modesto entendimiento, el hartazgo había acabado con su paciencia y casi con su persona enteramente. Cuando se refería al asunto adoptaba un gesto temerario, ponía los ojos en blanco y revoleaba por el aire el tenedor hasta hacerlo girar infinitas veces, como si imitase el girar de la tierra sobre su propio eje, alrededor del sol y acaso expandiéndose con el Universo hacia la nada oscura donde inagotablemente el Universo se expande.

     Mi hermana gemela no decía ni mu, Ninguna cosa podía decir porque ella, igual que yo, conocía únicamente aquel patio de altas paredes y macetas descoloridas. Sin embargo mi hermana no tenía ningún plan, ningún deseo secreto como yo. Ella no miraba la escalera de pórtland. Ella no miraba absolutamente nada, ella simplemente se dejaba  estar. Y así pasaban los días por el patio mientras mi escalera iba siempre hacia arriba desplegando sus igualdades y sus ocultas perfecciones. Que la escalera resbalara sin contradicción hacia lo alto para culminar en un rectángulo de luz, a mí me estremecía  de la  cabeza a los pies y me llenaba de ilusión. Pero era un secreto, porque, como ya dije, tenía catorce años y a esa edad se tienen secretos o un novio. Yo tenía secretos. Entre ellos, el mejor era el de viajar por esa escalera, salir del patio para no volverlo a ver nunca, para hacerlo desaparecer y con él a la familia en pleno. Imaginaba que del otro lado de la placa rectangular de luz existía lo inconcebible. Naturalmente, por tratarse de un secreto, no lo comenté con nadie, sólo dejé escapar la palabra “viaje”, así, muy al pasar, con bastante desgano. Enseguida sentí que la palabra al ser dicha en voz alta era capaz de desenganchar estructuras en el aire hasta desatar mis piernas obligándolas a trepar por los escalones, vertiginosamente, vertiginosamente.

     -¿Qué manía te ha agarrado a vos que estás hablando sin parar de lo mismo?- dijo mi abuela cuando juntaba la papilla amarillenta con el tenedor.

     Fue durante la cena y, desde ya, se dirigía a mí. Su tono de voz y sus ojos saltones me acusaron. Mientras miraba el plato blanco, liso y blanco que recortaba el mantel a cuadros, yo había estado hablando de Simbad, el marino, y de Gulliver. A mi abuela no le había gustado nada. En su opinión nuestro patio con las paredes altas y el cielo chato y deslucido sobre nuestras cabezas era irreprochable. Y otra vez se acordó del tranvía: un ciempiés gigante engullendo el cuerpo gordo de mi abuela. Un rato después el brazo de mi abuelo, doblado y sosteniendo el tenedor con la papilla, me causó mucha gracia.

     Ante la menor alusión a un viaje mi tía suspiraba hondo, con fastidio, sin dejar de mirar para otro lado. Por su parte el abuelo hacía crecer su desinterés como a una planta medicinal con espinas y flores. Así que no me quedó otro remedio que omitir la mención más insignificante a viajes o cosa parecida. Mientras tanto la escalera nacía ancha para mí y se enangostaba apenas al llegar a esa culminación de luz rectangular, donde mis ojos se aflojaban y entraban en el sueño. Del otro lado de la puerta cancel proliferaban  ruidos de calle y una luz diferente. No recordaba haberla traspasado; en mi memoria existía el patio, nada más, con la tía y la abuela y el abuelo yendo y viniendo bajo la lluvia o en la sequía de la siesta. Y, por supuesto, mi hermana y el gato.

     Con el correr del tiempo me crecieron la pollera y la melena y nadie preguntaba por mí del otro lado de la puerta cancel y nada era diferente a lo del día anterior y, sin embargo, algo me hacía sentir que todo era traicionado, aunque se repitiera hasta el cansancio lo que se repetía una y otra vez, porque la vida necesita calcarse a sí misma, poner espejos delante para seguir avanzando. Lo único que no variaba y daba la impresión de mantenerse en un estado de fidelidad era la escalera de pórtland, parca, interminable, lista para que mis ojos quedaran fijos en ella. Altos mis ojos hacían el viaje que mis piernas se negaban a emprender. Por lo visto mis piernas estaban hechas para caminar por el patio, tapar cada tanto la delgadísima línea que unía las baldosas y el salpicado en negros y blancos que interrumpía el gris y, a veces, la sombra de mis pies que crecía como una melena hacia atrás o hacia delante y que mis pies, mis propios pies, pisaban y pisaban hasta que los vestigios del sol se borroneaban en el cielo del patio.

     Cansada de hablar a regañadientes en los horarios de las comidas sobre los grandes viajes, una tarde tuve el coraje de arrimarme al borde del último escalón de la escalera. Y temblé. Me dio la impresión de que aquel filo grisáceo era el océano que separaba dos continentes.  Y ahí, en el borde, la luz rectangular me encegueció. Un aluvión opaco surgió desde mi estómago y me envolvió la cabeza. Caí hacia atrás. Fue un duro golpe aceptar el fracaso, el viaje no había  comenzado y yo había sido tragada una vez más por el vacío  del patio.

     Si pensaba que viajar era ir de lo conocido a lo desconocido, subir esa escalera podía ser el viaje más importante de todos. Al parecer se trataba tan sólo de una idea mía, ya que en casa nadie mostraba el menor interés por esa suma de escalones a los que tía consideraba ásperos, pura rusticidad, y a la que el resto de la gente de la casa mataba con su indiferencia. Menos mal que, en una suerte de acto solidario, el gato utilizaba la escalera para limarse las uñas. Bueno, a la escalera no, sino a su baranda construida con vaya a saber qué clase de árboles añosos que casi no se dejaban tocar. De cualquier forma el gato insistía, subía al primer escalón y se estiraba y se estiraba mostrando las uñas. Salvo mis ojos y las uñas del gato nadie había incluido a la escalera en su vida particular, como si aquella escalera no existiese y en el patio no desembocara nada, como si el patio no tuviera esa gran cola de reina, gris, áspera y presuntuosa.

     Alguna vez, entre los silbidos apagados de la siesta, al subir por aquella escalera, las polleras de mi madre se arremolinaron sobre sus piernas blancas. Pero ahora mi madre estaba en un lugar que no era el mundo ni era el patio. Y no se había vuelto a hablar de ella. Ninguno la recordaba ni mi hermana que, dos por tres y sin el menor disimulo, se dedicaba a espiarme. Yo entonces desviaba la vista o simulaba jugar con el gato. No pasaba un segundo antes de que mi abuela me retara diciendo que dejara de alborotar el aire. Al  rato estábamos todos tan quietos, tan horriblemente quietos, que la vida pasaba por el patio deslizándose sobre patines. Y pasaba. Era una ráfaga, cuando nos descuidábamos, ya se había ido.

     En muchas ocasiones me sorprendí mirando la escalera como a algo definitivamente perdido, como si fuese un mar, un espacio infinito, no un rincón del patio donde la luz se comportaba con excelencia. Por desgracia, al darme cuenta de esto, la escalera se me volvía inaccesible, dejaba de ser aquel puente entre el escenario de baldosas grises y el rectángulo de luz. Era entonces cuando creía renunciar al sencillo taconeo de escalón sobre escalón.  E inmediatamente la escalera se transformaba en una montaña empinada o, a lo mejor, en una cartulina, una superficie chata, sin profundidad, imposible de ser transitada. De modo que no tuve más escapatoria que girar sobre mis talones para darle la espalda. Podía pasarme toda la tarde dándole la espalda a la escalera, sin embargo, giraba la cabeza, me parecía verla por primera vez y, de repente, la descubría de nuevo: era un mar, era un puente larguísimo, una montaña en extremo elevada, un terreno ingrato que prometía viajes irrealizables, una travesía de sueños. Por eso evité darle la espalda. Quizá porque la atracción que sentía por la escalera más el correr del tiempo o de la vida en el patio me hicieron descuidar el resto de las cosas y de la gente, poco y nada puedo decir de mis abuelos,  de mi hermana, de mi tía y hasta del gato. O tal vez porque la imagen de la escalera empezó a crecer dentro de mí día a día, igual que los malvones en las macetas despintadas, lo cierto es que en mi recuerdo la escalera se agigantaba y se agigantaba como si estuviese viva. Solamente los rasguños del gato en la baranda me arrancaban de la memoria esa sensación de descomunal crecimiento.

     Varias noches soñé con el acto audaz y arriesgado de subirme a ella. Aunque los sueños podían comenzar de las maneras más estrafalarias, en su mayoría terminaban de la misma forma. Yo subía la escalera en monopatín o corriendo, casi flotando en el aire o montada en una escoba, despacio o apuradísima, la cuestión es que lo que sucedía después no cambiaba jamás: me precipitaba con violencia hacia abajo, caía en un abismo o desde la azotea de una torre de departamentos, caía, caía sin cesar y el patio me tragaba. No eran sueños sino pesadillas, no eran viajes sino accidentes. Desmelenada, cubierta de moretones y con los huesos rotos, amanecía en mi sueño justo en el centro de un patio con baldosas grises, el mismo patio blanco por el sol del mediodía en el que desembocaba mi escalera de verdad, la que no era subida ni bajada, la que yo sólo miraba a la distancia en el centro del gran patio de paredes muy altas, la que trazaba para mi un camino sin viaje.

     Después vino un tiempo en el que no sucedió realmente nada, mucho menos de lo que hasta entonces casi no había sucedido y, en medio de este son suceder, ocurrió que el gato con sus uñas ya afiladas continuó estirándose y estirándose por la escalera y yo, que seguía teniendo como siempre catorce años, vi el cuerpecito del gato atraído por el rectángulo de luz o por lo que fuera, ir hacia arriba, subir largo y tendido uno a uno los escalones de pórtland. “Ya está”, pensé y al decirlo me pareció mentira. Allí adelante, el gato continuaba estirándose. Yo también estiré la mano, el brazo y sin querer se me fueron los pies. Mis pies veloces me arrastraron hacia arriba, por la escalera tras el gato. Casi sin que me diera cuenta subíamos el gato y yo con un lejano aire de hipnotizados. Giré la vista hacia atrás y el patio empequeñecido fue una suma de cuadrados grises que, ante mi estupor, también podían ser mirados desde un lugar diferente. Allí estaba yo, casi pisando las patas del gato, casi atravesando el aire luminoso con forma de rectángulo. Di unos pocos pasos más, con sorpresa comprendí que me esperaba otro patio, muy grande, igual al de abajo, con las paredes altas y las baldosas grises y las macetas sin colores. Por arriba nada: la oscuridad, el borde del Universo. Sí, era un patio igual al de abajo, pero en el que no desembocaba ninguna escalera, en el que no había nada para mirar. Un patio sin gente, calcado de otro, la sombra, el fantasma de un patio real. Ya no sé cuántas vueltas di rozando las paredes filosas ni cuántos ángulos me obligaron a girar para seguir dando vueltas. La noche se veía grande, muy grande, sin luna, sólo noche: un espacio hueco donde podía proliferar mundos y estrellas, un sitio por el que los patios del mundo dejarían crecer sus tentáculos, sus filamentos, sus rústicas líneas. Pensé que el patio de abajo tenía raíces que se incrustaban en la tierra negra buscando algún centro y que este patio alto estaría cubierto, hasta el fin de los finales, por la noche oscura y que cada uno de estos dos patios era la cara de una moneda que la escalera de pórtland unía con cierta delicadeza, de ese modo frágil en el que dos cosas demasiados semejantes se unen. De pronto sentí miedo de que mi escalera pudiera volverse invisible entre semejante desparramo de negruras. Entonces bajé los párpados, aflojé las piernas y me figuré una luna llena, plateada, densa, a la que nadie, ni siquiera el gato, se pudiera trepar.

Irma Verolín  estudió letras en la Universidad de Buenos Aires, ha publicado tres libros de cuentos: Hay una nena que gira, La escalera en el patio grisUna luz que encandila y una novela: El puño del tiempo. Es también autora de literatura infanto juvenil: La gata sobre el teclado (Alfaguara), La lluvia sobre el mundo (El Ateneo)  y El misterio del loro, entre otros. Ha escrito la novela El camino de las araucarias con la que obtuvo el primer premio internacional de Novela Mercosur,  que permanece inédita. Ha obtenido diversas distinciones entre las que se destacan el Premio Fondo Nacional de las Artes, Beca a la creación artística del Fondo Nacional de las Artes, Premio Emecé,  Primer premio de Encuentro de Escritores patagónicos, Primer Premio Municipal Eduardo Mallea por su novela "La mujer invisible", también inédita,  Primer Premio Internacional de Puerto Rico Fundación Luis Palés Matos, dos de sus novelas fueron finalistas en los premios La Nación de Novela y Planeta de Argentina. Es autora de ensayos literarios y de trabajos sobre apertura de la conciencia y calidad de vida.

lunes, 24 de enero de 2011

Liliana Díaz Mindurry - Tres poemas

                                                                                                  
      Liliana Díaz Mindurry (Buenos Aires, 1953) ha desarrollado su producción literaria de manera amplia e incesante. Su obra abarca la narrativa, la poesía y el ensayo, y podemos afirmar que su universo literario se caracteriza por ofrecer una visión existencialista de la realidad, un compromiso verdadero con el lenguaje, donde el exceso conduce a la desintegración de la materia y la duda es la ley que rige el orden social.
      Dueña de una belleza contemporánea, lo oscuro resplandece como un rubí, y su literatura se destaca por poseer una escritura original, de difícil asociación y clasificación. 

      Estos tres poemas que aquí compartimos pertenecen al libro "Resplandor final", que próximamente publicará Ediciones Ruinas Circulares.


LA GIOCONDA de Leonardo Da Vinci

Se ríe desde el fondo de los recuerdos,
se ríe desde el fondo de las esperanzas,
de la sangre de esos gatos que nadie recoge, del último fulgor que nadie ve en
/los ojos de los peces,
se ríe de los muebles de las alcobas que tienen deseos inconfesables, de las
/manos que jamás responden al dueño,
se ríe de los tigres en la calma del mar,
del revés de las caras.

Se ríe de la alegría que lastima la garganta ya por ser pena que endulza la lengua,
se ríe de las mañanas,
de las tardes,
del prometido amor y del temido infierno,
de los que descosen el futuro y tejen un pasado que no existió nunca para
/colgar en los balcones,
se ríe de la tibieza de las salas donde la palabra es terciopelo y seda, transparencia y perfume,
del cristal empañado en el ojo, del último calor del cuerpo
antes de la muerte.

Se ríe del corazón como una campana resonando, de la red que tiembla,
del Dios escondido en las cajas de las iglesias,
se ríe de los bosques cerrados hasta el borde de otros bosques cerrados,
hasta el borde de otros bosques cerrados.

Se ríe,
se sonríe,
sabe que no resucita ningún día perdido en la tristeza
y que la piedra sobre piedra sólo es tejido de piedras.
(Los sirvientes lavan los espejos para que su sonrisa no contamine el porvenir).

LA FILOSOFIA DEL CAMARIN de René Magritte

Cuando nadie los ve
cuando nadie los oye
los vestidos guardan deseos de otros como heridas abiertas, como sangre expuesta,
las ajenas miradas de la desdicha, las voces roncas, las fracturadas noches,
las alegrías futuras como perros por nacer.

Los zapatos reflejan el universo, ese Dios que guarda en los cajones toda la /infelicidad del mundo,
las nostalgias que caen del cielorraso
y los pasos que llevan al placer en los dedos y en la punta de los labios.

Les queman los días pasados y los por venir,
tontos de sueños, de esperanza y de hambre,
ellos,
puestos en el lugar de lo viejo,
juegan dulcemente a las trampas.

Hablan a veces con voz de agua jabonosa,
hablan a veces
del perfume de las cosas estancadas, del espejo que los guarda en sus  aguas.

Así lastimados
son eternos. No sonríen ni dejan que nadie les sonría.
Recuerdan que es mejor olvidar y como filósofos no creen en lo que se ve,

                                   beben tranquilos las luces de la sombra,
y hasta entienden
                                                                       por momentos
                                                                                   esa música sin freno
                                                                                              de la muerte.

CRISTO MUERTO de Hans Holbein el joven

Había una vez, hubo una vez o no hubo nunca. No debo decir el caos.
Había una vez un lastimado,
se oye su muerte en todas partes,
en todas partes.

No ángeles de la guarda, no estampas, no luces, ningún contorno,
las horas del lastimado son eternas.

No luces.
Se puso toda la muerte en el cuerpo,
toda la muerte,
no ángeles,
las horas del lastimado
del muerto, del clavado a todos los cuerpos
crecen como serpientes. No debo decir el caos.

No luces, no ángeles:
los salmos se le duermen en la frente, debajo de las cejas y en la garganta.

Agitaba la eternidad como si fuera una mezcla.

Gatos negros y azules, palabras como gatos negros y azules se volcaban en
/todos los caminos,
llevaba sus pobres milagros pequeños, el agua tibia de las frases goteando,
liviano como un dedo,
transparente.

No era un hombre.
No era una caja con forma de hombre.

Dulcemente su amor
se comía las cosas, brillaba en la saliva, se encendía en los costados de la boca.

Porque no es cierto que sí y no es cierto que no.
Le sacaron cualquier forma de la alegría
el brillo de la noche le enredó ese cuerpo que no gozaron las mujeres.
La luna como un lobo le mordió el vientre y le dobló la espalda.
Esperaba los clavos como fauces.

Los gatos se incendiaron.

Despacito se le aguaron los ojos.
No habría cielos empapelados de celeste
y crecerían las horas
los perros de las horas.

No habría más adentro ni afuera, ni aquí ni allá, ni latitud ni longitud.
Nadie cura la demencia,
                        ningún paraíso. El deseo no corrige la forma de las cosas.

                                   Dar órdenes no es lograr el resplandor.

Las cosas quieren salirse de sí, poner la mirada en blanco.
Es tan simple no estar.

Las horas del lastimado son eternas. Es eterno el perfume.
Es una negra música,
una ternura
            como una negra música.

En las estrellas se salieron los gatos,
las palabras como gatos
resucitaron.

El deseo no corrige el mundo.
Gloria al deseo.  


LILIANA DÍAZ MINDURRY nació en  Buenos Aires. Obtuvo en narrativa  la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores por la novela La resurrección de Zagreus, el  Primer Premio Municipal  de Buenos Aires en cuentos editados Bienio 90-91  por el libro  La estancia del sur,  el Primer Premio Municipal de Córdoba por el mismo libro, el Primer Premio Fondo Nacional de las Artes 1993  por la novela Lo extraño, Premio Centro Cultural de México en cuento 1993, Premio El Espectador de Bogotá en cuento 1994, ambos en el concurso Juan Rulfo de París, el 1º Premio Jiménez Campaña de Granada,  Premio Fernández Rielo de Madrid. Fue premiada por la Municipalidad de Encina de la Cañada (España) y en la Municipalidad de Puebla (México), obtuvo el Premio Planeta 1998  por la novela Pequeña música nocturna, entre otros premios.  Tiene dieciséis libros publicados, entre ellos las novelas La resurrección de Zagreus, A cierta hora, Lo indecible, Summertime, Hace miedo aquí. Algunos de sus libros de cuentos son: Buenos Aires ciudad de la magia y de la muerte, En el fin de las palabras, Retratos de infelices, Ultimo tango en Malos Ayres.  En poesía publicó Sinfonía en llamas, Paraíso en tinieblas, Wonderland: obtuvo el Premio Fondo Nacional de las Artes, el Subsidio de Antorchas, la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores, el Primer Premio Embajada de Grecia,  el Primer Premio First, etc.  Varios de sus poemas fueron publicados en Colombia, Austria y otros países. Su obra fue traducida al alemán y al griego.  El cuento Onetti a las seis  fue llevado a la escena teatral por Hernán Bustos junto con Un sueño realizado  de J C Onetti. Realizó el prefacio a las obras completas de Onetti en la Editorial Galaxia Gutenberg de España y han escrito numerosos ensayos sobre su obra. Coordina talleres literarios desde 1984.