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domingo, 31 de marzo de 2013

Osvaldo Sauma - Diez Poemas


 

 
 

Nació en Costa Rica, en 1949. Es Poeta. Profesor del Taller de Expresión Literaria en el Conservatorio Castella, San José, Costa Rica desde 1981 a 2010. Autor de: Las huellas del desencanto (1983), Retrato en familia (Premio Latinoamericano EDUCA, 1985), Asabis (1993), Madre nuestra fértil tierra (1997), Bitácora del iluso (2000), El libro del adiós (2006). Antologias realizadas: Poesía Infantil del Conservatorio Castella (1986), Antología del Conservatorio Castella (1990), Los signos vigilantes (antología de poesía ecológica, 1992), Tierra de nadie (9 poetas latinoamericanos, 1994), La sangre iluminada (6 poetas latinoamericanos, 1998), Martes de poesía en el Cuartel de la Boca del Monte (1998), Antología de seis poetas latinoamericanos (2006).

Coordinador de la rama de literatura en el Festival Internacional de las Artes de Costa Rica en los años 1994, 1998, 1999, 2005, 2006 y 2009, dando a conocer al público de Costa Rica a poetas como Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Blanca Varela, Jaime Sabines, José Emilio Pacheco, Pablo Armando Fernández, Claribel Alegría, Piedad Bonett, Rocío Silva Santiesteban, Juan Manuel Roca y William Ospina, entre otros.

Ha sido jurado en los premios internacionales Ricardo Miró, rama de poesía (Panamá 2000), primer premio hispanoamericano de poesía Sor Juana Inés de la Cruz (México 1997) y Juan Ramón Molina (Honduras 1983), entre otros.

Su obra ha sido traducida al inglés, al francés, al portugués, al árabe y al hindi.

Ha participado a numerosos festivales internacionales de poesía, como: Medellín y Bogotá (Colombia), Granada (Nicaragua), Rosario (Argentina), Festival Mundial de la Poesía (Chile), Mundo Latino (México), Festival Internacional de las Letras Jaime Sabines (México), Festival Intercontinentale della Poesia Mediterranea (Roma, Italia), Kritya, Mysore (India), entre otros.


EFECTOS COLATERALES


la luna se alza

como un ícono sobre la noche

 

afuera los seres humanos

se matan en las carreteras  

o en los bares

o en las calles asidas

al tropiezo de sus obsesiones

 

otros se protegen de la soledad

bailan la danza de las diversiones

se revuelcan en las camas

para olvidarse de sí mismos

en el cuerpo del otro

o se suicidan bajo la claridad 

de los altos puentes del vacío

 

sólo los solitarios se ensimisman

en el sinsentido de los días

sin que los rayos lunares

alteren sus marejadas internas

 

en medio de las musas extintas

hayan consuelo

a pesar de que no exista salida

a pesar de los baños de la luna llena

en su ir y venir sobre el flujo marino

entre las aguas interiores de las mujeres

o al fondo de esa nostalgia de lobos

que los hombres llevan consigo

 

los solitarios viven

del rumor de sus silencios

y beben / a solas brindan

con la luna y su propia sombra

emulando a Li-tai-Po

en los eternos rituales del desamparo

 

LATITUD CERO

Aquel que no ama las nubes

 que no vaya al Ecuador

Henri Michaux

 

justo en la mitad del mundo

las nubes

perros del aire

viajan directamente al sur

 

nubes que Michaux amó

como se suele amar a los lobos

esos pastores fieles de las montañas

 

en medio de la cintura del planeta

en el punto cero cero cero

donde convergen el yin y el yang

 

hay un hombre dividido

entre una línea imaginaria

y los rayos perpendiculares

que deja caer el sol

 

aquí

sobre estas cimas

donde la razón trazó sus coordenadas

y orientó el desasosiego de su miedo

 

aquí en el Ecuador

hay un hombre fervoroso

cantándole al ombligo de la Tierra

 

TARJETA POSTAL

 
sospecho de los obeliscos

implantados en el frontispicio

de las iglesias romanas

 

mala señal para las gaviotas

que perdieron su mar

entre las ruinas

y el esplendor de los Etruscos

 

pero yo vine aquí

para amar a una mujer

no caminé los caminos

que conducen a Roma

para fijarme en nimiedades

 

vine porque sus besos

me protegen del mal de ojo

y redimen con fuego mis cenizas

 
EQUIDAD

 
que nadie se vaya impune de esta fiesta

ni escape nadie por la puerta trasera

como si no fuese artífice de su negligencia

y no olvide la cuota de horror que se merece

ni diga

no sabía/ yo pensaba/ tengo el alma noble

 

que nadie huya

de esta fiesta de los taladros

con licencia de ángel obeso

que prohíban la venta de bulas papales

 

que nadie abandone el barco

como las ratas

ni cave túneles como los topos

 

que no se salve nadie si no nos salvamos todos

 
MIRÁNDOLA DORMIR

 

todo hombre es su propio sol

en la media noche del hastío

cuando los grillos chillan

como fuego endemoniado

y las estrellas

están más distantes que nunca

 

bajo la luz del aguardiente

todo hombre

                        apaga

la lumbre interior de la nada

mientras mira dormir

a la mujer que le cedió el destino

no la que le inventó la ilusión

 

todo hombre

que como yo se emborracha

junto a la mujer

que nos huye en sueños

evade la necesidad del otro

hace de su fracaso

un tintineo abstracto

y se bebe en silencio su perdición

 

 

A SOLAS EN CASA

 

 

no quiero mover un dedo

me abandono

                     me ensimismo

me fugo del devenir y del progreso

me oculto en los armarios de la infancia

en la cueva del autista

 

prueba de ello son las colillas

que deja por todas partes el desasosiego

esa ropa colgada en cualquier puerta

los trastos neciamente sucios

 

no es mentira esta abulia

estoy cansado de mí y de los otros

de los muertos del día

de los impuestos que suben

de los salarios que no alcanzan

de la impunidad que siempre

protege a los políticos

de no ser yo

de no poder vivir como en mis sueños

 

 

UNA MUJER BAILA

 

 

una mujer baila
amparada a la noche
despliega sus brazos

como decir sus alas

desde el centro del aire
hacia las afueras del aire
en diagonal a los espacios de la luz

entre los costados de la sombra


una mujer gira
como un astro

y sobre sí misma
                          esboza

la ruta del azar y sus conjugaciones
gira

      baila
             alza un tiempo magnético
como quien alza un pájaro

desde la tierra que lo atrapa

y traza con un carbón encendido

el lenguaje bermejo de las cavernas


baila
       y con ello sacude

los miedos de la infancia
que aterrados todavía

nos llaman desde su adentro


una mujer baila
sobre el corazón de la madera

para enardecer
el latido ciego de la vida

baila sobre mis heridas
para recrudecerme

el camino del remordimiento


una mujer baila

sola contra la adversidad
baila sobre el planeta errante

sobre un contratiempo
de la memoria
y se fuga en esa fuga de la música

y vuelve sobre sí misma

para revelarnos

un deseo desterrado del Paraíso terrenal.

 

 

INTIFADA

 

 

este es un poema

que nace de mi rabia

por donde quiera que pasa

arroja las piedras de su cólera

la hiel del insomnio

la resaca de un dolor

encerrado en el pecho solar

 

nada detiene su feroz cabalgata

como un quinto jinete

levanta el polvo estelar

sobre las mezquindades de la historia

 

echa fuego por el hocico de los tiempos

deja cenizas de pólvora

entre la ilusión de los verdugos

 

corre desbocado

espanta las palomas de la discordia

y alfanje en mano

                           vierte su odio

sobre las cabezas de los dirigidores

 

este es un poema

arrastrado por ángeles furiosos

las palabras salen de sus bocas secas

como de un manantial de aguas sangrientas

o como lava de volcán si así lo quieren

o bien como un derroche de piedras

sobre las ruinas de una ciudad

hecha de piedras sobre piedras

 

TRÍPTICO DE LA BUHARDILLA

a Francisco Amighetti

In memoriam

 

I

derramo

los primeros tragos del aguardiente

para que los ángeles

beban conmigo en soledad

con amigos así

es fácil perder la cordura

nada mejor que beber

amparado a su pulcritud

 

extraña costumbre esta

a la que a diario me acostumbro

para exorcizar los fantasmas de la tierra

para despertar la embriaguez seráfica

y alzar vuelo en medio de la nada

 

 

II

 salud

           hermano

                          salud

 

de más está decir

que cada uno lee en el otro

el cúmulo de sus miserias

de más está decir

que envejecemos

y que de nada nos sirven

las estatuas de sal

que dejamos perdidas en el camino

(el viento a nuestras espaldas

sopla una tramontana inútil)

 

salud

           hermano

                          salud

por esta soledad que compartimos

frente a frente / espejo contra espejo

 

 

III

hoy no llamaré a nadie

hoy quiero emborracharme

a solas con mis ángeles

 

aquí adentro

no hace falta el mundo

tenemos amigos

que desde las sombras

celebran con nosotros

en silencio

hermanos que releemos

a la manera

en que se lame un animal herido

 

aquí

        ni siquiera

hace falta la música

                              nos bastan

la palabra y el aguardiente

el humo sagrado

y otras comunes pertenencias

 

aquí no hace falta nada

aquí hacen nido los pájaros nocturnos

y Homero y Ulises vuelven a quemar las naves

 

 

ASABIS 

 

                                           La segunda ley es la Asabis,

                                                               la solidaridad de la sangre que une entre sí

                               a los miembros de un clan,

                                                               como si fueran un mismo cuerpo.

                                                                                  G. Virgil Gheorghiu

No conozco Beirut

ni los cedros de Líbano

no conocí a mi abuelo

ni a su padre el viejo Sheik

 

no sé ni una palabra en árabe

tampoco si provengo

de los Sunnitas o de los Chiítas

si fui fenicio navegante

en aguas del Mediterráneo

o si en otro tiempo cabalgué sobre Balbek

entre las tropas de Saladino el Grande

 

nací próximo a la línea Ecuatorial

a 10˚ latitud norte media

y 84˚ longitud oeste media

del meridiano de Greenwich

y ya sé que no hay patria para mí

más que esta patria donde viven mis hijos

 

sin embargo

poseo una chilaba que cambié

a Mohamed en una calle de Tetuán

y bajo el influjo de esa vestimenta

me supe árabe ente los árabes

y antes de caer deslumbrado

frente a la belleza de la Alhambra

comprendí que preexistían

sus prodigios ornamentales

 

sus arabescos

y cuando por primera vez

supe de Gibrán Jalil Gibrán

recordé la historia que subyace

dentro del hilo común de nuestro Asabis.
 
 
 
 

jueves, 28 de febrero de 2013

Enrique Solinas en el IX Festival Internacional de Poesìa de Granada, Nicaragua

 
 


 
Cambios Climáticos
      Padre,
      hoy te vuelvo a encontrar
      en esta ciudad desesperada.
      Charlemos sobre el tiempo
      que es mejor
      a conversar sobre otras cuestiones.
      Hablemos de la lluvia o el sol
      pero no me preguntes
      sobre la muerte que nos sucede ahora.

      La idea de parecerme a Jean Paul Sartre
      aun me seduce
      como el sonido de un cuchillo,
      atravesando la realidad
     (y no te lo digo).

     Toda muerte
     primero sucede en las palabras
     para luego llevarse a cabo
     en los ojos
     (y no te lo digo).

     Padre,
     hoy te veo
     y al mismo tiempo veo al que seré,
     pero distinto.

     Ya nada se puede hacer.
     Es necesario.
     Mejor,
                 charlemos sobre el tiempo.

          

 
 
 

El Rostro de Dios
 
 
 
 
                                            a mi madre, in memoriam

 

Esa mujer
extendida hasta nunca debajo de la sábana
no muestra signos de respiración.
Apenas es el resto de una imagen,
el personaje principal en bastidores
no disponible para despedidas.
Hacia los costados,
sus brazos se alargan y tocan el infinito.
Las manos se apoyan en oriente y occidente
sin ganas ya,
sin intención.

Descorro la sábana y al mismo tiempo
vuela una mosca como ninfa sorprendida.
He aquí la cuestión:
sus labios entreabiertos y la piel extraña
contrastan con el gesto de una sonrisa,
y el único signo de vitalidad
es la mosca
que ha bebido toda su respiración.

Si la mujer sonríe es porque sabe algo
que nunca terminó de decir.
Si la mujer sonríe
es porque nos ha engañado
y nunca sabremos el motivo.
Pasa el tiempo como la vida pasa,
como pasa lo bello y lo triste.
Luego la abrirán en dos
para saber la causa de su fallecimiento.
Luego,
su rostro cambiará y será otra,
alguien desconocido.

Ahora sé que éste es el rostro de Dios:
una mujer que se va y la mosca que sonríe,
compartiendo la misma despedida.
Tan sólo nos queda
cubrir el cuerpo de la desesperanza
y contemplar el aire de la noche,
fatal y divino

 
 

jueves, 15 de noviembre de 2012

IX Festival Internacional de Poesía en Granada, Nicaragua

 
 
Más de 100 poetas asistirán al IX Festival Internacional de Poesía de Granada, que se celebrará en dicha ciudad el próximo año, y en el cual se homenajeará al escritor Ernesto Cardenal y su más de medio siglo de vida literaria, informaron los organizadores el pasado 24 de octubre.
 
El Festival tendrá lugar en esta ciudad del sur de Nicaragua del 17 al 24 de febrero, con el lema “La poesía es el cántico del cosmos”, en alusión a Cántico cósmico, una de las máximas obras de Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012 y Pablo Neruda 2009.
 
El evento “es un homenaje a los valores más apasionados del ser humano y una extraordinaria celebración del sacramento de la palabra que hace que el hombre viva en sociedad”, expresó el presidente de la Fundación del Festival, Francisco de Asís Fernández, al anunciar la cita en una rueda de prensa.
 
El Festival de Granada ha reunido en los últimos ocho años a más de mil poetas de diferentes países y 450 mil amantes de la literatura. En 2013 reunirá a 135 poetas de Nicaragua y el mundo. Están invitados, por ejemplo, Bianca Jagger, ex modelo y activista de los derechos humanos de origen nicaragüense. Por Argentina, el poeta, narrador e investigador Enrique Solinas; de Japón, el poeta y editor Yashuiro Yotsumoto; de Cuba, el poeta, narrador y crítico Elpidio Alfonso-Grau; de Marruecos, el poeta Taha Adnan; por Estonia, Jury Talbet; de Colombia, el poeta, narrador y ensayista  Gonzalo Márquez, entre otros.

domingo, 21 de octubre de 2012

Carlos Antognazzi - Sobre "El camino de los viajeros" de Irma Verolín


 
Una voz para recuperar el amor vivido
por Carlos Antognazzi
 
      Viajábamos con voracidad, como si la tierra estuviera a punto de acabarse y hubiera que recorrerla toda, de un extremo al otro, sin darle tiempo siquiera a que continuara girando. Viajábamos sin medida, descontroladamente, para no llegar a ninguna parte, para no quedarnos ni aquí ni allá. Y eso era bueno porque viajando no había ni aquí ni allá, el espacio se convertía en tiempo, las cosas no estaban quietas, por lo tanto no nos aburrían con su fijeza, además no había que esperar que terminara la noche o comenzara el día para que el paisaje cambiara.
Ese vértigo de arrastrar el cuerpo a ras del mundo era lo único que parecía justificarnos. Él me decía:
—Mirá bien el paisaje. Ya vas a ver que cuando estemos en Egipto será muy diferente.
Su tono irónico no apagaba el colorido tropical de tanto monte desparramado sobre las serranías. Su tono, en realidad no apagaba nada, sino que era su voz la que se iba apagando dijera lo que dijese, como si un viento lo agobiara o el paisaje la aspirara desde todos los ángulos. Su voz siempre perdía intensidad aún cuando hablaba de los viajes. Su voz no era dulce, ni tampoco firme. Era una de esas voces que dan la impresión de que les falta temple o consistencia, una voz un poco desmantelada o sin esa especie de médula que la sostenga por dentro para que sea capaz de atravesar una parte del mundo sin sucumbir. De cualquier modo su voz o sus palabras poco importaban. Quizá únicamente importaba el hecho de viajar o, en tal caso, la idea de viajar. El resto, los asuntos de cada día se acomodaban o giraban en torno a nuestros viajes con demasiada sencillez. Éramos simplemente dos personas que viajaban y viajaban y viajaban".
 
Hay, primero, una voz. Una voz que enuncia una historia fragmentada, que procura asirla en un discurso solidario, sensible. Una voz femenina que, como diría Barthes, desea la armonía de una historia que se disgrega, inevitable, en mosaicos difusos. La voz desea recuperar un tiempo y ordenarlo para poder comprender lo que ha ocurrido en ese pasado, quizás no tan lejano, pero que visto con los ojos de la nostalgia y la perspectiva de los años aparece fatalmente nimbado de misterio y añoranzas. La voz habla de las cartas, entonces, porque entiende que en ellas, en su sincero candor, puede haber una punta para comenzar a desovillar esa historia ocurrida en el norte del norte, en un pueblo perdido en las serranías en el corazón de Misiones. Un pueblo que existe, que tiene nombre y que conocí pocos años después que Irma Verolín lo conociera como una especie de exiliada voluntaria: San Pedro.
La voz también tiene nombre, el nombre que firma las cartas recuperadas gracias a las fotocopias que Marcos, el otro protagonista de esta historia, hizo para devolverlas, a quien las escribiera, aceptando su pedido. Pero es un nombre de ocasión, un nombre surgido tal vez más de la necesidad de darle una organización a esas cartas que a una realidad incuestionable: «las firmaba una tal Irene. Así me llamé yo por aquel tiempo, así me rebautizó Marcos. Ya no me llamo Irene. Me llamé así sólo para Marcos y los pocos amigos del monte, para los viajes, para la ciudad en la que terminamos viviendo» (p. 14).
      Hay una voz y hay un lugar también, entonces, un espacio acotado a unas pocas casas en medio “del monte”, esa forma genérica de llamar a la selva misionera. Y hay una época, difusa pero reconocible, fines del proceso militar en Argentina. En un momento, promediando la novela, la voz dice que «llegar a las islas perdidas en la última guerra carecía de sentido» (p. 102). Porque Irene y Marcos, adoptemos de una vez los supuestos, viajan, se mueven, viven enclavados en el monte pero cada tanto, como liberando el vapor para que la presión no sea excesiva, parten siguiendo las líneas de un mapa ajado. Parten buscando algo de sí mismos que no pueden hallar fuera, que llevan dentro, pero que los impulsa en viajes agitados, frenéticos. Luego todo vuelve a la calma de San Pedro y al oficio de médico de frontera de Marcos y al de aprendiz de alcohólica de Irene. Porque, sumida en esa selva que asfixia y desdibuja los contornos de las cosas, deglutiendo la aparente firmeza de los objetos, Irene se refugia en el alcohol como una forma de escapar a algo innominado que la acosa.

      Si todo esto que digo es ambiguo, si en cada frase hay brumas e imprecisión, es porque esta novela está construida desde una voz elusiva que narra en forma inconexa aunque calma, yuxtaponiendo pequeños fragmentos de recuerdos que van generando, casi a pesar suyo, como si no fuera esa la intención, el entramado de la historia de Irene y Marcos. Dividida en nueve capítulos que señalan otras tantas instancias, la novela es un acabado ejemplo de estructura de mosaicos, párrafos autónomos que se relacionan por espacios en blanco y que van conformando con retazos una historia de amor y desamor.

      Si los protagonistas son apenas esbozados es porque el aliento de la novela así lo exige. Porque antes que ellos lo que prima es el tono, la melodía de esa voz que va y viene tejiendo anécdotas, recuerdos, sutiles ironías, gritos y discusiones calmos, aletargados en el sopor del monte y la distancia emocional que ineludiblemente atempera los hechos. La prosa es de un lirismo que se acompasa a la respiración de quien enuncia y quien lee, que doblega todo ripio y todo drama y lo amolda al discurso. Nada sobresale, nada desentona, todo tiene su preciado y calculado espacio en la trama, cada mosaico de recuerdo acompaña, no se impone. Más allá de la historia en sí que Irma Verolín cuenta, éste es el rasgo que hace de este libro una excelente novela: la fluidez de un discurso sin enmiendas, que dice lo justo, como con cautela, para difuminarse rápidamente en lo elusivo.

      Los elementos con que cuenta Verolín son mínimos. Una pareja, el monte, los viajes para buscar lo que llevan consigo en su propio interior, un contexto de violencia que aparece en sordina, en segundo plano. Es cierto que esta calma del discurso sólo puede funcionar, técnicamente hablando, porque se trata de un recuerdo, de una evocación que la narradora hace desde la distancia del tiempo transcurrido. Esa voz que se aísla de los hechos narrados puede hacerlo porque no dice en el momento de los hechos sino años después, cuando llevada por el deseo de contar esa historia pide a “Marcos” que le fotocopie las cartas que le fue enviando para recuperar parte de lo vivido y reconstruir los días en el monte. Pero las cartas son dichas, no aparecen en primer plano. Todo queda supeditado a esa voz que teje y desteje con parsimonia y que dice lo justo sin que necesariamente eso dicho sea del todo cierto o comprensible para el lector, como el capítulo de la “criatura”, ser de cuatro patas que ni Irene, ni Marcos, ni Verolín ni, evidentemente, el lector, pueden saber de qué clase es. La criatura aparece en un capítulo y desaparece al siguiente como si nada hubiera ocurrido, pero tanto Irene como Marcos y el lector perciben en ella, por la manera en que la adoptan durante su breve estancia, que pudo ser la proyección del hijo que no tienen.

      Este capítulo funciona además para ejemplificar la libertad con la que se maneja Verolín  a la hora de narrar. Si la prosa es acompasada a una respiración suave es porque Verolín se permite que la voz fluya sin intermitencias, que diga a su ritmo, que se exprese y avance buscando su propia cadencia, su medida, su tono. Nada inquieta a la autora ni a la voz que recupera el pasado. Hay en esta actitud una suerte de aceptación, de ese wu-wei que determina el espíritu oriental, según el cual las cosas son como deben ser, ser sin objetivo, ausencia de intención. Es el espíritu del Tao: la contención, la blandura, la beatitud, la ternura.

     En esa búsqueda que la protagonista hace de una instancia pasada de su vida hay otro viaje, también. No sólo Irene y Marcos viajan por la geografía ajada de un mapa que se va desgastando con el tiempo hasta desaparecer y tener que reemplazarlo, sino que Irene, años después de los hechos, “viaja” nuevamente desde la relectura de las cartas hacia ese pasado para percibir en los pliegues y claroscuros de una selva y un cuerpo una historia de amor, su propia historia, aquello que permanece por más tiempo que transcurra. La Irene que enuncia ya es otra, lo ha dicho explícitamente al principio de la novela, pero hay algo que subsiste latiendo allí, secreto, misterioso, insondable, y que sólo se puede recuperar desde las brumas a través de la praxis, desde el alborozo siempre renovado de la escritura.

 “A veces, insistiendo en releer esas cartas, se me ocurre que hay una tercera en discordia. Me refiero a mí. La primera es la que escribió las cartas, la segunda, esa que aparece en el video y que no quiero ser yo y, por fin y en tercer lugar, mi persona.

Entonces la señora del video, no yo, es la que busca comprender a la mujer de las cartas. Sospecho que no la comprenderá porque la rechaza, no la quiere, no le perdona sus torpezas, sus arranques de mal humor y su alcoholismo. Lo único que justifica a aquella mujer frente a los ojos de esta señora es su supuesta hermosura, una hermosura que, por otra parte, está en tela de juicio. De modo que podría decirse que la mujer es injustificable. Sin embargo sin ella no hay historia, no hay nada que decir. La existencia de la mujer sostiene la existencia de la señora que necesita forzosamente entretejer su pasado.

Ella escribe, ella intenta alimentarse de la sed de escribir que la mujer tenía, por eso hurga entre los recovecos de las letras de sus cartas con bastante escabrosidad. La señora quiere escribir y la pobre se tropieza con la dificultad de no poder precisar cómo se llamaba aquel árbol, aquella planta, aquel bicho, aquel recipiente de fibras vegetales que oficiaba de maceta que siempre mantenía la humedad. Eso le produce un dolor enorme. Pero la señora, la misma que aparece en el video grabado en el cable cultural, cierra sus ojos y sabe que todo aún está allí, dentro de ella. Todo está intacto. Ha perdido el recuerdo de las palabras pero no la memoria de las cosas que esas palabras designaban. Entre la vida y las palabras siempre se cruzó un abismo; tender un puente entre ellos es tender la capa del torero que flota sobre el charco como en la canción «El relicario» que su abuela cantaba. Tarde o temprano la capa se hunde y con ella el pie. Hay que cruzar muy rápido, muy rápido de la realidad a las palabras para no naufragar. La señora del videolo sabe muy bien. “

      El mundo que presenta Verolín en esta novela no es, seguramente, el real, biográfico, que tiene que ver con las coordenadas de espacio y tiempo de una época arrasada por los días, pero a la vez provoca en el lector un eco, una íntima sospecha de que ese amor padecido hace tanto por Irene y Marcos, en el monte, ha trascendido y se ha renovado en el largo y azaroso camino de los viajeros.

Texto leído en la presentación de la novela- La Redonda- Santa Fe, 23-9-12
Los párrafos citados corresponden a las páginas 9 y 129 respectivamente de “El camino de los viajeros” de Irma Verolín,  Ediciones UNL, Santa Fe 2012.

jueves, 14 de abril de 2011

El Grupo Editorial La Hoguera presenta "Unidad Variable - Antología de la poesía boliviano-argentina"


          El Grupo Editorial La Hoguera es una empresa editorial boliviana que produce, comercializa y distribuye libros literarios y didácticos de alta calidad para contribuir eficazmente al desarrollo del sistema educativo y expandir el nivel cultural de las presentes y futuras generaciones dentro de las exigencias de una sociedad globalizada y los desafíos históricos del siglo XXI.

          El Grupo Editorial La hoguera, el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Casa de la Lectura de Buenos Aires, invitan a la presentación de "Unidad variable. Bolivia - Argentina. Poesía actual", selección y recopilación: Laura R. Martínez. Prólogos a cargo de Rodolfo Ortíz y Marimé Arancet Ruda.

          La cita es el Sábado 23 de abril a las 21:00 Hs en la 37º Feria Internacional del LIbro de Buenos Aires, Sala Domingo Faustino Sarmiento.

          Autores antologados:

         Joaquín Giannuzzi, Héctor Borda, Pedro Shimose, Jesús Urzagasti, Hugo Mujica, Santiago Sylvester, Matilde Casazola, Eduardo Mitre, Paulina Vinderman, Daniel Freidemberg, Nicomedes Suárez, Diana Bellessi, Jorge Paolantonio, Javier Adúriz, Jorge Aulicino, Humberto Quino Márquez, Mirta Rosenberg, Juan Carlos Orihuela, Jorge Campero, María Teresa Andruetto, Gary Daher, Cé Mendizábal, Dolores Etchecopar, Marcia Mogro, Susana Villalba, Juan Cristóbal Mac Lean, Susana Cella, Vilma Tapia, Juan Carlos Ramiro Quiroga, Fabián Casas, Marcelo Villena, Paula Jiménez, Enrique Solinas, Andi Nachón, Benjamín Chávez, Mónica Velásquez, Santiago Llach, Gabriel Chávez, Paura Rodríguez, Romina Freschi.

          Quedan todos invitados a festejar con nosotros este nuevo libro.