por Enrique
Solinas

La mujer que escribió Frankenstein es la
última novela de la narradora argentina Esther
Cross (1961). En realidad se trata de un texto de difícil clasificación, ya
que la autora utiliza datos concretos y reales (de allí que se aproxime a la
biografía), pero desde su mirada particular y personal intención (por eso
afirmamos que es una novela). Tiene el
poder de ser leída y releída más de una vez, como si buscáramos en el cuerpo
del texto el corazón de Percy Shelley que alguien rescató de las cenizas y que Mary supo guardar amorosamente con ella hasta su muerte. Porque, precisamente, este dato fue el que impulsó a su autora a
investigar sobre la vida de la madre de Frankenstein y encontrar así una serie
de eventos desafortunados que supo sobrellevar de la mejor manera posible, como
así también un contexto social donde el cuerpo y su muerte abrían la puerta a
la profanación religiosa, al delito, al negocio lucrativo que representaba y a
la investigación médica.
Hablar
de la muerte es hablar de la vida y su autora lo sabe muy bien. Construida como
una heroína trágica, Mary resulta un personaje cautivante, donde el dolor no
parece doblegarla, por el contrario, aferrada al amor que vivió, profundiza en
la idea de la muerte y reflexiona sobre el constante vivir. Allí surge su
novela Frankenstein o el moderno Prometeo,
hijo del deseo de vida eterna.
En
apariencia esta quinta novela parece distinta a otros textos de la autora, pero
está en relación –en cuanto a su
temática– con el cuento “Eso”, que apareció en el número 35 de la revista La mujer de mi vida. La protagonista de
ese relato se enfrenta con la posibilidad de la conciencia de su propia muerte
y donde hay una imposibilidad para enunciarla, se evita sobre todo, como si
nombrarla fuera convocarla. Aquí la muerte, por el contrario, se menciona de
manera constante y el efecto logrado es opuesto: la vida en movimiento
prevalece y triunfa el existir.
La mujer que escribió Frankenstein es
una novela exquisita. De lo mejor publicado, hasta ahora, en este 2013. Esto se
debe a que la escritura de Esther Cross es única, totalmente personal e
identificable, con un lugar propio en la literatura argentina, construido sobre
la base de la excelencia narrativa. Celebremos,
entonces, la aparición de esta gran novela porque son de esos textos narrativos
que aparecen pocas veces en nuestro panorama literario y que es necesario leer,
releer y difundir